No todo el mundo tiene la  suerte de encontrarse con Ramón López Velarde. Ni siquiera si han decidido ponerse al día en literatura mexicana, acudido a la poesía para explicarse o recitado muchas veces en primaria “La Suave Patria” de memoria y sin errores. Puede pasar toda una vida  y sería una lástima. (Pero el momento es hoy, lector querido. El minutero marca el presente instante, este día, este mes y esta semana. Los próximos 100 años si es preciso.)

Nacido el 15 de junio de 1888 en Jerez, Zacatecas – en el año más húmedo del que se tuviera memoria hasta tal fecha, según el Calendario del más antiguo Galván–  Ramón López Velarde es figura fundamental de la literatura en español.  Autor de una obra que transformó a letras y lectores para siempre, también cambia a todo el que se lo encuentra. Tuvo una infancia “toda olorosa a sacristía” – según algunos de sus biógrafos– quizá porque a los doce años fue enviado al Seminario Conciliar de Zacatecas y después al de Aguascalientes, antes de matricularse para estudiar jurisprudencia en la Facultad de San Luis Potosí. Se recibió de abogado en 1911 y no ejerció jamás tal profesión. Su verdadera pasión no fue ni la política ni las leyes. Escribir era lo suyo.

López Velarde se trasladó definitivamente a la capital en 1914. Ya había publicado textos suyos en varios diarios de provincia y en la Ciudad de México, escribiría de propia voz. Como bien dice José Luis Martínez, al trasladarse a la metrópoli “cumplió el destino oscuro de los pretendientes sin títulos en la corte”: ocupó modestos puestos burocráticos, practicó la docencia, entabló amistades duraderas y pasó por el “mundo de la bohemia” y el del periodismo, siempre atrapado entre “el arrojo de un erotismo incierto, pero con el freno religioso muy bien puesto”. Empezó a publicar con regularidad poemas, artículos de opinión y ensayo, que algunos, ”delataron al exiliado que no olvida ni su provincia ni el fervor de su pureza”… pero que tampoco evitaba la fascinación de las tentaciones o “flores del pecado”, como las llamaba.

Recogiendo la herencia del modernismo sin usarla,  López Velarde se conservó como un poeta al que poco le importaba la fama, la fortuna, el ornamento cosmopolita del verso, clausurar su vida en una torre de marfil o disfrazar de hielo sus ardores. Obras como Zozobra, El son del Corazón, El minutero, comenzaron a publicarse dando cuenta del proceso de su genio poético.  Algunos versos provocaban inesperada simpatía: “Me estás vedada tú...Soy un fracaso/ de confesor y médico que siente/ perder a la mejor de sus enfermas/ y a su más efusiva penitente/.  Otros, si se quiere, contagiaban al lector de llanto amargo: “siempre que inicio un vuelo/ por encima de todo/ un demonio sarcástico maúlla/ y me devuelve al lodo”.  Pero siempre llamaba la atención. Tal vez porque la poesía cambiaría radicalmente por su causa.

Ramón López Velarde, figura fundamental de la literatura en español. Foto EE: Especial

Para estupor y desgracia de propios y ajenos murió muy joven. En la madrugada del 19 de junio de 1921, cerca del aniversario de la Independencia y después de escribir “La Suave Patria. Lo habían matado, escribió, José Luis Martínez, "dos de esas fuerzas malignas de las ciudades que tanto temiera: el vaticinio de una gitana que le anunció la muerte por asfixia y un paseo nocturno, después del teatro y la cena, en que pretendió oponerse al frío del valle sin abrigo, porque quería seguir hablando de Montaigne".

Justo en el año de su muerte  fue elevado a la estatura de poeta nacional, de descubridor del verdadero México. Pablo Neruda, admirador irredento, dijo que López Velarde era “el punto sin coma''. Aquel que quiso descubrir la verdadera realidad de las cosas y de sí mismo  por medio de la metáfora”. Octavio Paz le dedicó las siguientes palabras: “Todo lenguaje, si se extrema como extremó el suyo López Velarde, termina por ser una conciencia. Y allí donde comienza la conciencia del lenguaje, la desconfianza frente al lenguaje heredado, principia la creación de uno nuevo. Principia la poesía. Y la palabra, cuando es creación, desnuda”.

Fue llamado con mil nombres  y analizado y criticado a fondo. Más allá de tejer una exaltación nacionalista hubo otra composición, menos vertiginosa y patriotera pero profunda e importante: Ramón López Velarde, sin tal intención ni propósito,  se  consagró  simplemente, como gran poeta del idioma español capaz de romper con las herencias añejas y gastadas y se impuso como el creador de un mundo oscuro y brillantísimo, a veces lleno de angustia  pero con un apasionamiento capaz de provocar las más simples alegrías pero también el más puro de los gozos.

Antes, como ahora, de poco vale dar importancia al análisis de su espíritu o al estado de su ánimo, pues tal intimidad queda entre lector y poeta. Tampoco sirve insistir en que tenía 33 años cuando se lo llevó la Muerte y por eso hay que buscarlo y considerarlo  Sirve conmemorar su pluma, su existencia y la conservación de su memoria. Porque tal vez, como también dijo José Luis Martínez, el tiempo transcurrido desde entonces ha sido demasiado largo para su ausencia y demasiado breve para el reposo.