CAMBRIDGE – Hace un siglo, una pandemia de gripe mató a más personas de las que murieron en la Primera Guerra Mundial. Hoy, la pandemia del Covid-19 ha matado a más norteamericanos de los que murieron en todas las guerras estadounidenses desde 1945. Una gran diferencia, sin embargo, es que la ciencia no ofreció una vacuna para el virus de la gripe en aquel momento, pero ahora varias empresas y países han creado vacunas contra el Covid-19.

Varias democracias solventes, entre ellas Estados Unidos y el Reino Unido, han vacunado a más de la mitad de sus poblaciones adultas y han visto una drástica reducción de la cantidad de nuevos casos y muertes. Otros lugares, como India, Brasil y partes de África, tienen bajas tasas de vacunación y altas tasas de nuevos casos y muertes. The Economist calcula que la verdadera tasa de mortalidad global producida por la pandemia puede rondar los diez millones de personas, o más de tres veces la cantidad oficial reportada por las autoridades nacionales.

Frente a estas estadísticas sombrías, ¿los líderes de los países adinerados deberían exportar vacunas y ayudar a vacunar a extranjeros antes de concluir la tarea en casa? Cuando el expresidente Donald Trump proclamaba “Estados Unidos primero”, estaba siendo consistente con la teoría democrática, según la cual a los líderes se les encomienda la misión de defender y propiciar los intereses de la gente que los eligió. Pero, como sostengo en mi libro Do Morals Matter?, la interrogante clave es de qué manera los líderes definen el interés nacional. Existe una enorme diferencia moral entre una definición transaccional miope, como la de Trump, y una definición más amplia y visionaria.

Consideremos la adopción del Plan Marshall por parte del presidente Harry Truman después de la Segunda Guerra Mundial. En lugar de insistir de manera estrecha en que los aliados europeos de Estados Unidos pagaran sus préstamos de guerra, como Estados Unidos había exigido después de la Primera Guerra Mundial, Truman dedicó más del 2% del PIB de Estados Unidos a ayudar en la recuperación económica de Europa.

El proceso les permitió a los europeos participar en la planificación de la reconstrucción del continente y produjo un resultado que fue bueno para ellos, pero que también sirvió al interés nacional de Estados Unidos a la hora de impedir el control comunista de Europa occidental.

Existen cuatro razones importantes por las que un esfuerzo al estilo del Plan Marshall para vacunar a la gente en los países pobres favorece el interés nacional de Estados Unidos. Primero, favorece el interés médico de los norteamericanos. A los virus no les importa la nacionalidad de los seres humanos que matan. Simplemente buscan un receptor que les permita reproducirse y grandes poblaciones de seres humanos no vacunados les permiten mutar y desarrollar nuevas variantes que pueden eludir las protecciones que producen nuestras vacunas.

Dada la manera en que se viaja hoy en día, es sólo una cuestión de tiempo antes de que las variantes atraviesen las fronteras nacionales. Si surgiera una nueva variante capaz de eludir a nuestras mejores vacunas, tendríamos que desarrollar un refuerzo destinado a la nueva variante y volver a vacunar, lo que podría llevar a más fatalidades y a una mayor tensión en el sistema médico de Estados Unidos, así como a confinamientos y daño económico.

Nuestros valores ofrecen la segunda razón por la que un Plan Marshall de vacunas favorece el interés nacional de Estados Unidos. Algunos expertos en política exterior contrastan valores con intereses, pero ésa es una falsa dicotomía. Nuestros valores están entre nuestros intereses más importantes, porque nos dicen quiénes somos como personas. Al igual que la mayoría de la gente, a los norteamericanos les preocupan más sus compatriotas que los extranjeros, pero eso no implica que sean indiferentes al sufrimiento de los demás.

Pocos ignorarían un pedido de ayuda de una persona que se ahoga porque pide auxilio en un idioma extranjero. Y si bien los líderes tienen que responder ante la opinión pública en una democracia, suelen tener un margen considerable para forjar políticas –y recursos considerables para influir en el sentimiento público.

Un tercer interés nacional, relacionado con el segundo, es el poder blando –la capacidad de influir en los demás a través de la atracción y no de la coerción o el pago-. Los valores norteamericanos pueden ser una fuente de poder blando cuando los demás ven nuestras políticas como benignas y legítimas.

La mayoría de las políticas exteriores combinan poder duro y poder blando. El Plan Marshall, por ejemplo, dependía de recursos económicos y pagos duros, pero también creó una reputación de benevolencia y amplitud de miras que atrajo a los europeos. Como ha dicho el politólogo noruego Geir Lundestad, el papel estadounidense en la Europa de posguerra puede haberse asemejado a un imperio, pero fue “un imperio por invitación”.

Una política de ayudar a los países pobres ofreciendo vacunas, así como favorecer el desarrollo de sus propias capacidades en materia de sistemas de atención médica, aumentaría el poder blando de Estados Unidos.   

Finalmente, está la competencia geopolítica. China rápidamente reconoció que su poder blando sufrió como consecuencia de la historia del origen del Covid-19 en Wuhan. No sólo hubo una falta de claridad sobre cómo se originó el virus, sino que en las primeras instancias de la crisis la censura y la negación chinas agravaron la crisis más de lo necesario antes de que su confinamiento autoritario resultara exitoso. Desde entonces, China ha llevado adelante asiduamente la diplomacia del Covid-19 en muchas partes del mundo.

Al donar equipos médicos y vacunas a otros países, China se ha venido esforzando en cambiar el relato internacional y pasar de la culpa a la atracción. La administración Biden ha querido recuperar terreno, anunciando que liberará 60 millones de dosis de la vacuna AstraZeneca, así como 20 millones adicionales de vacunas de Pfizer, Moderna y Johnson & Johnson.

Por otra parte, la administración ha prometido un financiamiento de 4.000 millones de dólares para el programa COVAX de la Organización Mundial de la Salud destinado a ayudar a los países pobres a comprar vacunas y apoya una exención temporaria de la propiedad intelectual para ayudar a los países pobres a desarrollar capacidad.

En resumen, por cuatro buenas razones consistentes con la historia, los valores y el interés de Estados Unidos, el país debería liderar a un grupo de países ricos en un plan para vacunar al resto del mundo ahora, inclusive antes de que haya concluido la tarea en casa.

*El autor es profesor de la Universidad de Harvard y autor de Do Morals Matter? Presidentes y Política Exterior desde FDR hasta Trump.