Las importaciones de gasolina han crecido de manera impresionante no únicamente en números absolutos sino también en términos relativos como proporción de la oferta interna del energético. La participación de las importaciones dentro de la oferta creció del 2007 al presente 2017 de 28 a 59 por ciento.

No parece muy aceptable el argumento para justificar el fenómeno de que para México resulta más económico importar la gasolina que consume que refinar el crudo localmente para abastecer al mercado interno. ¿Quién ha demostrado que en términos ricardianos México presente una desventaja internacional absoluta para producir refinados de petróleo? No conozco de un sólo trabajo de investigación cuyas conclusiones indiquen que por razones de eficiencia México debe ser de manera permanente un importador total de refinados. En caso de que así fuera, lo más conveniente sería que Pemex cerrara todas sus refinerías y no únicamente importe 59% del consumo interno de gasolina sino la totalidad.

Nadie en su sano juicio ha propuesto que se llegue a este último extremo y por razones sólidas. La verdad es que el país ha permitido ese crecimiento de las importaciones de gasolina no por razones de desventaja comparativa sino por otra bien visible: la falta de recursos financieros para invertir en la ampliación de la capacidad de refinación de Pemex.

Con muy buen juicio, el día de ayer Luis Miguel González hizo ver en su columna editorial el peligro estratégico que implica para México depender en tan grande medida de las importaciones de gasolina. Y al riesgo estratégico agregaría yo el escándalo político que se ha desatado. Tan grande se ha tornado ese escándalo que con un ojo perspicaz, diversas fuerzas electorales ya están usufructuando el problema con el fin de impulsar sus plataformas. Desde luego, este último es el caso de AMLO, y su partido personal Morena, con vistas a las elecciones del 2018 que están ya a la vuelta de la esquina.

También es falaz el argumento de que las importaciones de gasolina son inocuas para la balanza de pagos. Hay que importar lo indispensable, pero sería benéfico para la economía interna que esas importaciones fueran sustituidas con producción local. La perspectiva de solución que ni en el escenario más optimista arrojaría resultados visibles en un horizonte corto puede estar en las oportunidades de inversión conjunta pública–privada que ha abierto la reforma energética.