El nuevo mandatario de Estados Unidos tiene la oportunidad histórica de convertirse en uno de los que más empleo y crecimiento genere o en uno de los mayores destructores de la historia económica de la postguerra.

La deuda del gobierno de Estados Unidos supera los 16 trillones de dólares y sigue creciendo rápidamente. Poniéndolo en perspectiva, equivale a más de 60 veces el PIB de Chile, es más del 100% del estadounidense y excede en monto absoluto y porcentaje (del PIB) al tamaño de la deuda de toda la zona euro (unos 12 trillones de dólares y 90%, respectivamente).

Este es un problema cada vez más grave y quien sea electo presidente de Estados Unidos tendrá que abordarlo, ya que el riesgo de que la situación se vuelva insostenible es cada vez mayor. La crisis actual de deuda europea hace palpable cuán "doloroso" podría ser el menospreciarlo para EEUU y para el resto del mundo.

A ello se suma que las personas en Norteamérica aún están endeudadas, la economía crece apenas alrededor de 2% al año, por debajo de su potencial y la tasa de desempleo asciende a más de 8% (casi 15% si se agrega el subempleo).

Recordemos también que en los próximos meses, si no se llega a un acuerdo entre republicanos y demócratas, la economía americana se vería enfrentada a un "precipicio fiscal" (fiscal Cliff).

Esto significa que si no se toman ciertas medidas mediante un acuerdo político, el país enfrentaría un significativo aumento en los impuestos debido a que expiraría el programa de rebajas implementado durante el gobierno de Bush y también se produciría la reducción automática de una serie de gastos fiscales acordados el año pasado ante la desaceleración económica y la Gran Recesión 2008-2009.

"No hacer nada" podría costarle entre 3% y 5% al crecimiento de Estados Unidos, es decir, resultaría en una nueva recesión. Los primeros acuerdos deberían darse a principios de octubre, cuando se aprobará el presupuesto 2013, pero seguirá siendo necesario alcanzar consensos hasta abril del próximo año, ya que estarán en juego la extensión de las exenciones, la aprobación de un nuevo "techo" para la deuda y la cuestionada calificación de riesgo de la deuda estadounidense, entre otros.

La lógica dice que ninguno de los dos partidos querría arriesgar consecuencias catastróficas, pero es altamente posible, más aún con elecciones de por medio, que este tema genere "ruido" y los acuerdos se hagan esperar.

DESAFÍO

La futura administración de Estados Unidos tiene un gran reto. El mandatario tendrá que hacer "malabares" para sustentar y lograr un acuerdo de gobierno en circunstancias extremadamente adversas. Ello, luego de una campaña larga y sucia, en la que ambas partes han adoptado posiciones muy extremas, donde el desacuerdo en todo lo que propone la contraparte es la norma y donde ni los demócratas están dispuestos a hacer recortes importantes de gastos ni los republicanos a considerar aumentos de impuestos.

¿Obama o Romney? ¿Cuál de los dos tiene mayor probabilidad de éxito en los próximos 4 años? ¿Qué fórmula de gobierno es la adecuada para sacar a EEUU del letargo y que vuelva a ser una locomotora del mundo y no un vagón de carga?

Recordemos que si bien Europa y China son relevantes para el futuro económico global, Estados Unidos aún genera cerca de un quinto del producto del mundo y representa casi un tercio del consumo global. De ahí que lo que le suceda a su economía será clave para el resto.

En esta situación es de esperar que las autoridades monetarias tomen medidas. Lo más probable es que -hasta después de las elecciones- se haga "lo justo y necesario" para evitar una catástrofe. En el corto plazo, las autoridades mantendrán las tasas en los mínimos actuales y al mercado con amplia disponibilidad de liquidez, cuestión que no es lo ideal, porque podría generar más distorsiones en los precios de muchos activos.

A pesar de lo sombrío del panorama en este momento, lo más probable es que sea circunstancial y no estructural. Sea quien sea el ganador, la retórica debiera moderarse pasadas las elecciones y, así, las probabilidades de consenso político aumentar significativamente.

Lo más razonable es que Estados Unidos se embarque en políticas pro-crecimiento, dilatando un tiempo la necesaria disciplina fiscal. No parece viable un proceso de importantes recortes de gastos en una economía que aún está débil y en la que en los sectores clave la recuperación es incipiente.

Tal es el caso del sector inmobiliario, en el que se gestó la crisis 2008-2009, que registra mejoras en los precios y las ventas. El índice NAHB, que es un "termómetro" de los próximos 6 a 12 meses del mercado de vivienda, ha subido de 14 puntos en septiembre de 2011 a 37 en agosto de este año, luego que prácticamente se quedara cerca de los mínimos a los que llegó producto de la crisis. De seguir dicha recuperación, el positivo impacto en la creación de empleo, consumo y crecimiento no se haría esperar.

La gran ventaja que tiene Estados Unidos sobre Europa es que su deuda está denominada en dólares, que sigue siendo moneda de reserva y refugio a nivel global, en un país que todavía es considerado de los más seguros. Esto le debiese otorgar al próximo presidente el tiempo necesario para concentrarse inicialmente en el crecimiento y posteriormente en medidas de disciplina fiscal.

INFRAESTRUCTURA

Quien tome el mando del país en el próximo período presidencial, debiese enfocarse en convertirse en el "Presidente de la Infraestructura". No sólo es un sector que genera mucho empleo y actividad, sino que además es un ámbito en el que Estados Unidos tiene grandes necesidades de inversión para mantener el liderazgo y la competitividad mundial.

Otra "luz" que se ve en la economía norteamericana es la salud de las empresas. Sus estados financieros siguen mostrando una solidez histórica. Si bien el crecimiento de las utilidades se ha desacelerado, en la mayoría de los sectores sigue siendo altamente positivo, con niveles de caja en máximos históricos (acumulando alrededor de 1 trillón de dólares en total) y bajo endeudamiento. Lo importante es apoyar a este sector con claridad respecto de las políticas futuras y con medidas que incentiven el empleo y la inversión.

Si bien en este periodo eleccionario las posiciones de los candidatos y sus partidos se perciben como muy disímiles, la realidad es que las alternativas de política económica y estratégicas no son tan distintas. El nuevo mandatario de Estados Unidos tiene la oportunidad histórica de convertirse en uno de los que más empleo y crecimiento genere o en uno de los mayores destructores de la historia económica de la postguerra. Yo me inclino por pensar que el elegido va a caminar por la primera de estas alternativas.

* Columna de Manuel José Balbontín, socio y senior Investment Strategist de Compass Group, publicada en la revista chilena Capital, el jueves 27 de septiembre de 2012.

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