Es un hecho que nadie quisiera estar en los zapatos de Grecia en estos momentos. No ahora que han caído en la peor de las desgracias económicas: la posibilidad de la quiebra.

Pero, no lo neguemos. Por algún tiempo este y otros países europeos fueron nuestra envidia.

Veíamos cómo economías de un desarrollo similar o inferior al mexicano como España, Portugal o Grecia despegaban de forma impresionante.

Hablábamos de la necesidad de nuestro propio Pacto de la Moncloa para lograr el orden político indispensable para el desarrollo.

Pedíamos una Unión Norteamericana que reconociera las desigualdades de la región y entonces, los dos socios ricos de la unidad, Canadá y Estados Unidos, aportaran recursos para homologar los niveles de desarrollo a cambio de un compromiso, eso sí muy serio, de hacer el trabajo interno para alcanzar sus estándares.

En esas estábamos cuando la cruda realidad de sentirnos parte de ese primer mundo nos alcanzó.

México estuvo en una situación similar a la de Grecia: un elevado déficit fiscal, una moneda rígida ajena a la realidad nacional, una abultada deuda de corto plazo en dólares, una base fiscal muy baja y una productividad que rezagaba al país frente a su competencia.

México ya pasó por ese camino que ahora transita el país helénico.

Por eso, ahora que el presidente Calderón va a España a decirse incomprendido por su prudentísimo manejo económico, vale la pena recordar que la estrategia prudente del manejo financiero es el único legado positivo que nos dejó la crisis del 95.

El concepto de Finanzas Públicas Sanas fue acuñado por Ernesto Zedillo, mantenido por Vicente Fox y tratado con más discrecionalidad por la administración actual.

Zedillo ayudó sin duda con el error de diciembre a descomponer el tiradero que había dejado Carlos Salinas. Pero hacia el final de su administración había logrado darle la vuelta al sistema financiero con medidas de prudencia muy importantes.

No logró, eso sí, completar los cambios estructurales que le habrían dado otro rostro definitivo a la economía mexicana.

Vicente Fox de lo poco memorable y positivo que hizo en materia económica fue acuñar una ley de responsabilidad hacendaria que obligaba al equilibrio fiscal, como una forma de evitar crisis como la mexicana de los 90 o como la griega actual.

El vicepresidente, que despachaba en Hacienda, Francisco Gil Díaz, impuso un férreo control fiscal que dio como resultado una economía de crecimiento mediocre pero amplia resistencia a los choques externos.

Calderón y su deseo de legitimarse rebasando por la izquierda, empezó a ser un poco más laxo con la disciplina fiscal, hasta el punto de no ver nada mal el temible déficit.

La gran incomprensión e irresponsabilidad que acusa Calderón de su oposición son ciertas, pero también lo son la gran inhabilidad política e incapacidad de negociación del Ejecutivo para lograr que el simple pase de panzazo de las finanzas se convirtiera en los cambios necesarios para dar ese gran paso al estilo español.

México no es Grecia, sin duda. Pero tampoco es Jauja. El peligro de descomposición fiscal está latente y es muy fácil que ocurra. El flujo de recursos más importante que ha tenido el país en esta recuperación ha sido de capitales de portafolios, esos que como vienen se van.

Pemex y Hacienda advirtieron, casi a la par de las declaraciones presidenciales, que a la vuelta de 15 años se podría dar una terrible crisis presupuestal por el desplome de la producción petrolera.

No puede, bajo ninguna circunstancia presumir el Jefe del Ejecutivo que la gran solución de México fue subir el IVA 1 punto, con grandes avenidas de evasión en muchos productos y encarecer los costos de producción con el incremento en el ISR.

No, México no es Grecia. Pero los cambios que necesita este país deberían ser tan profundos como los que ahora implementan las economías europeas: un gasto más racional, un replanteamiento fiscal, cambios estructurales de gran alcance.

La primera piedra

Hace 16 años, cuando la crisis política de 1994, los mercados sufrían los embates de una difícil situación en el país. Claro que el asesinato de un candidato presidencial afectaba el desempeño financiero. Pero hasta una carta de renuncia tiraba la Bolsa y presionaba al tipo de cambio controlado.