Nueva York.- El daño global generado por la pandemia del Covid-19 es enorme: se perdió más de medio millón de vidas, cientos de millones de personas se quedaron sin trabajo y se destruyeron billones de dólares de riqueza. Y los contagios no han cedido en absoluto; cientos de miles más de personas todavía podrían morir a causa de la pandemia.

Naturalmente, existe un profundo interés en el desarrollo de una vacuna. Ya se están llevando a cabo más de 100 esfuerzos en todo el mundo. Varios de ellos parecen prometedores, y uno o más de uno pueden arrojar frutos, posiblemente antes de los varios años o más que normalmente se tarda en producir una vacuna.

Pero aun si surgen una o más vacunas que posibiliten que la gente sea menos susceptible al Covid-19, el problema de salud pública no será eliminado. Como dirá cualquier experto médico, las vacunas no son una panacea. Son sólo una herramienta en el arsenal médico.

No se puede esperar que alguna vacuna produzca una inmunidad completa o duradera en todos los que la reciban. Millones de personas se negarán a vacunarse. Y está el hecho brutal de que hay casi 8,000 millones de hombres, mujeres y niños en el planeta. Fabricar 8,000 millones de dosis (o múltiplos de esa cifra si se necesita más de una dosis) de una o más vacunas y distribuirlas en todo el mundo podría demorar años, no meses.

Todas estas son cuestiones de ciencia, manufactura y logística. Sin duda serán difíciles. Pero la política será igual de desafiante.

Para comenzar, ¿quién pagará la vacuna? Las empresas esperarán recuperar su inversión en investigación y desarrollo, junto con los costos de producción y distribución. Eso ya representa decenas de miles de millones de dólares (y posiblemente mucho más) –antes de que se mencione siquiera la cuestión de las ganancias–. También está la cuestión relacionada a cómo serán compensadas las empresas que desarrollan una vacuna si se les exige que licencien las patentes y el conocimiento a productores en otras partes.

La cuestión política más difícil, sin embargo, probablemente tenga que ver con el acceso y la jerarquía. ¿Quién debería recibir las dosis iniciales de alguna vacuna? ¿Quién determina a quién se le hace un lugar en la fila y en qué orden? ¿Qué ventajas especiales recibe el país donde se desarrolla una vacuna? ¿Hasta qué punto los países más ricos desplazarán a los más pobres? ¿Los países permitirán que se inmiscuya la geopolítica, compartiendo la vacuna con amigos y aliados y obligando al mismo tiempo a que las poblaciones vulnerables en países adversarios queden relegadas al final de la fila?

A nivel nacional, cada gobierno debería empezar a pensar en cómo distribuirá esas vacunas que produce o recibe. Una idea sería administrarlas primero a los trabajadores de la salud, seguidos por la policía, los bomberos, el ejército, los maestros y otros trabajadores esenciales. Los gobiernos también deberían considerar qué prioridad darles a quienes corren un mayor riesgo de desarrollar complicaciones graves como consecuencia del Covid-19, como las personas mayores y aquellas con afecciones preexistentes. ¿Una vacuna debería ser gratis para algunos o para todos?

A nivel internacional, los interrogantes son aún más complejos. Tenemos que asegurar que la producción se pueda escalar rápidamente, que haya reglas claras para la disponibilidad y que se comprometan los recursos económicos suficientes para que los países más pobres tengan acceso a la cobertura.

La Alianza para Vacunas (Gavi), la Organización Mundial de la Salud (OMS), diversos gobiernos y la Fundación Bill & Melinda Gates han formado el Fondo de Acceso Global para Vacunas Covid-19 (COVAX). Sus creadores proponen que cualquier vacuna efectiva que surja sea tratada como un bien público global, que sea distribuida equitativamente en todo el mundo, más allá de dónde se la invente o de la capacidad de un país de pagar. La OMS ha presentado un marco de distribución global que busca garantizar una prioridad para las poblaciones más vulnerables y los trabajadores de la salud.

Pero estas estrategias pueden ser poco realistas. No se trata simplemente de que el esfuerzo COVAX carezca del financiamiento adecuado, de la participación de Estados Unidos y China y de una autoridad clara. Incluso si se cumplieran esos supuestos, todos los gobiernos seguramente estarán bajo una enorme presión para cuidar primero a sus propios ciudadanos. El nacionalismo en torno a las vacunas casi con certeza le ganará al multilateralismo de la vacunación.

La historia reciente refuerza este escepticismo. El Covid-19 surgió en China y rápidamente se convirtió en un problema mundial. Las respuestas, sin embargo, han seguido principalmente lineamientos nacionales. A algunos países les ha ido relativamente bien, gracias a sus sistemas de salud pública existentes y a su liderazgo político, mientras que, en otros casos, sucedió exactamente lo contrario.

Seguir esta estrategia a nivel nacional para una vacuna es una receta para el desastre. Sólo un puñado de países podrán producir vacunas viables. La estrategia debe ser global. Las razones no son sólo éticas y humanitarias, sino también económicas y estratégicas, ya que la recuperación global exige una mejora colectiva.

En Irak, donde el progreso militar le ganó a la planificación para el día después de la guerra liderada por Estados Unidos, el resultado fue el caos o el “éxito catastrófico”. No podemos permitirnos un desenlace análogo en este caso, en el que el éxito en el laboratorio le gane a la planificación para lo que viene después. Los gobiernos, las empresas y las organizaciones no gubernamentales tienen que juntarse rápidamente, ya sea en la iniciativa COVAX, bajo los auspicios de las Naciones Unidas o el G20 o en otra parte. La gobernanza global se presenta en todas las formas y tamaños. Lo esencial es que exista.

Las vidas de millones de personas, el bienestar económico de miles de millones y la estabilidad social en todas partes penden de un hilo.

El autor

Es presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, anteriormente se desempeñó como director de Planificación de Políticas para el Departamento de Estado de EU (2001-2003) y fue enviado especial del presidente George W. Bush a Irlanda del Norte y Coordinador para el Futuro de Afganistán. Es autor de The World: A Brief Introduction.

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