El viernes fue uno de esos días que siempre han soñado los apocalípticos: el punto de quiebre donde todo se derrumba, se cumplen las peores profecías y el mundo deja de ser lo que era. Pero ¿de verdad todo va a cambiar de manera tan drástica? ¿Es realmente la llegada de Trump el fin de una era y el comienzo de otra?

Sobre la presidencia de Trump he oído de todo, desde quienes sostienen que, como diría Mafalda, es el comenzose del acabose , los que dicen que este señor es capaz de desatar una guerra atómica (de la cual, por suerte, no nos enteraríamos, simplemente desapareceríamos como especie antes de que alguien pueda siquiera mandar un tuit) hasta los que aseguran que lo único que va a provocar es un debilitamiento de la economía estadunidense a mediano plazo y, finalmente, los que, más con ganas de que suceda que con datos, apuestan que el señor no terminará ni el primer periodo de gobierno, pues será víctima de las sólidas instituciones de la democracia estadounidense.

Todas son apuestas, más o menos informadas, pero apuestas, a fin de cuentas. No hay manera de saber cómo va a gobernar porque nunca lo ha hecho antes: nunca fue diputado, senador o gobernador. Lo que sí podemos esperar, en función de sus discursos y del corrimiento que hay en el mundo occidental hacia la derecha, es que Trump encabece una especie de nacional-populismo, un fascismo red neck, con las particularidades gringas, que hará que las manifestaciones de odio se incrementen no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo occidental. La llegada de Trump fortalecerá los partidos de extrema derecha en Europa y parte de América, e incrementará la tensión con el mundo árabe, con lo que el planeta no sólo será más inseguro, sino más lleno de miedos.

¿Es Trump el fin de una era, el comienzo de otra o una piedra en el camino del sistema neoliberal inaugurado por Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los años 80? No pocos quieren ver en la llegada de Trump a la Presidencia de Estados Unidos el signo de la decadencia del sistema neoliberal que parece agotarse en función de su incapacidad manifiesta de resolver el tema de la pobreza, pero sobre todo por el nivel de incertidumbre en que metió a las clases medias. Pero, otra vez, parece demasiado aventurado leer en esto, por aberrante que nos parezca, algo más que la llegada de un político antisistema a la Casa Blanca, con lo que ello de por sí implica en términos de inestabilidad y violencia, no sólo para México, sino para los propios ciudadanos estadunidenses.

La era Trump puede ser más que un mal rato de la democracia gringa y convertirse en un punto de quiebre en la hegemonía de Estados Unidos donde China sería el gran beneficiado. Lo que es seguro es que, en cualquier escenario, los mexicanos pasaremos las de Caín: podemos esperar lo peor y con tendencia a empeorar. Así que más vale que nos pongamos a pensar, a trabajar y a remar para otros rumbos (en ese orden).

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