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Opinión

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La diplomacia del exabrupto gana

El mundo diplomático es áspero. Tras la máscara de buenos modales y una retórica elíptica y muchas veces aburrida se esconden verdaderos duelos en los que se juegan grandes intereses. Claro que una frase o un gesto fuera de lugar puede echar todo a perder.

Sin embargo, en los últimos tiempos estas reglas de la diplomacia parecen no importar tanto o, al menos, eso piensan algunos de los líderes más destacados del mundo.

Las frases de personajes de primera línea como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, del brasileño Jair Bolsonaro o del inglés Boris Johnson quedarán en los anales del mal gusto y de la incorrección política, o bien, habrán inaugurado una forma brutal de diplomacia.

Hostigar al rival con alusiones personales, descalificar a los habitantes del país con el que se tiene conflictos o mofarse de las críticas, entre otras actitudes que antaño eran deploradas en la opinión pública ya son normales.

No queda claro si detrás de tanto exabrupto hay una estrategia para tensarla cuerda e imponerla voluntad a puro golpe de efecto o es simplemente que los liderazgos que están llegando al poder tienen menos luces de la necesaria para ejercer semejante cargo.

Permítaseme dudar de la primera opción.

Estos días el mundo miró atónito al inefable presidente de Brasil burlarse de la esposa del presidente francés Emmanuel Macron para defenderse de las acusaciones de inacción en los incendios en el Amazonas. Y, horas después, al mismo personaje aplaudir el golpe de Estado que terminó con la vida del padre de la ex presidenta de Chile, Michelle Bachelet, como respuesta a las críticas sobre el aliento del gobierno de Brasil a la violencia institucional.

Hace unas semanas, a propósito de los episodios de tiroteos, un informe del diario USA Today demostró que el presidente de EU utilizó en sólo seis meses alrededor de 2,000 frases con connotaciones racistas o violentas hacia distintas personas y grupos sociales.

No muchas menos de las que utilizan a diario Bolsonaro, el filipino Rodrigo Duterte, el inglés Boris Johnson, el ruso Vladimir Putin y otros. Y eso incluye diversos tipos de exabruptos hacia mujeres, homosexuales, inmigrantes, musulmanes o negros, entre muchos otros grupos.

La liviandad en el lenguaje llega incluso al menosprecio de los máximos valores humanos. Boris Johnson dijo preferir “estar muerto en una zanja” a pedir una prórroga del Brexit. Toda una definición de cómo se puede tomar con liviandad temas tan delicados como un crimen.

Es cierto que el exabrupto como ataque descalificador al adversario político no se inventó en el siglo XXI.

Nadie duda de la estatura de estadista del señor Winston Churchill. Sin embargo, del humanista Gandhi dijo en 1931: “Es alarmante y nauseabundo ver al señor Gandhi posando ahora como un faquir...dando zancadas medio desnudo subiendo las escaleras de la casa del virrey”.

Pero allí radica la diferencia. El inglés utilizaba el arma del ataque personal como una estrategia. Y ningún funcionario de segundo nivel debía aclarar lo que su jefe decía.

Hoy, ante cada frase chabacana de Trump hay un coro de funcionarios intentando atajar las críticas de los medios de comunicación y la furia a través de las redes sociales.

Pero lo que alarma es que el nivel de verborragia desagradable y patética sea premiada en las urnas por los electores. Esto significa sólo una cosa, mucha gente comparte esa forma de pensar y —lo más preocupante— su correlato en la acción.

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