Por siempre arroparse en el nacionalismo. En el México profundo, creativo y pobre del indigenismo como ingrediente de campaña electoral. San Juan Chamula, con sus dolores ancestrales a cuestas, a los pies de José Antonio Meade. Ropaje y bastón de mando cual varita mágica. En Chiapas, el precandidato elude San Cristóbal de las Casas, la estela del zapatismo. Va a Chiapa de Corzo, donde evita el patrimonio dañado por los sismos. En sus calles desfila con guayabera, su esposa Juanita con huipil y tremenda bolsa artesanal quizá de esos lares, flanqueados por tres hermosas chiapanecas de típicos vestidos floreados que, por lo demás, son muy caros.

El ritual iniciático se prolonga. Unas horas después, el chilango Meade, según narración de Adriana García de El Universal (domingo 17), “viajó al lugar donde le prepararon una recepción a cargo de la comunidad indígena que se asienta en Cuautempan, Puebla, la cual le hizo el enfloramiento, sanación y danza correspondiente”.

Para asegurarse el contraste, el equipo de campaña mete al simpatizante priista en el centro de convenciones. El lugar lleva el nombre del polémico empresario norteamericano que dominó la escena poblana del siglo XX.

En el espacio dedicado a William O. Jenkins, envuelto por la arquitectura de Javier Sordo Madaleno, el ex secretario de Hacienda del PAN, entrega sus palabras. Vuelve a ignorar el patrimonio dañado por los sismos. En una singular fotografía de Jesús Quintanar, Milenio Diario ofrece al orador Pepe Toño en primera plana, visto desde los muslos y los zapatos con tacones de aguja una de las asistentes al evento. No satisfechos, hacen a Meade adoptivo de Campeche en el legendario Circo Teatro Renacimiento.

Por su lado, Ricardo Anaya, se arranca en su auto. Emite un mensaje vía redes sociales. Dice que será divertida su campaña. Llega al pintoresco kiosco de Amealco de Bonfil. Vaya frío queretano en el mitin del precandidato de la coalición Por México al Frente. Refiere a la invitación de su amiga indígena, militante del PAN, la artesana Agustina.

En la carta le dijo que “de un tiempo para acá se empezaron a producir estas mismas muñequitas, pero de manera industrializada y han empezado a desplazar a estas maravillas, a esta tradición, que es 100 por ciento hecha a mano por las manos mágicas de las mujeres otomí”. Se compromete entonces a conservar “la maravillosa tradición” (Reforma, Mayolo López, viernes 15). Vuelan a las redacciones las fotografías de Anaya rodeado de las muñecas de tela. En otro momento de la gira, el tecladista busca votos verdes.

Ante ecologistas de la Sierra Gorda, enfatiza su campaña “limpia”. Quiere que le midan la “huella de carbono generada” en su periplo. Hasta les dará un donativo por el tamaño de la pisada.

El nacionalismo de López Obrador lo acapara todo. Por su largo peregrinar en busca de la Presidencia de la República, ya no sabrá qué hacer con tanto bastón de mando.

Basta mirar su andar por Palenque en su suerte de biopic “Esto soy”. O al presentar el gabinete que podría acompañarle, donde el mensaje no solo fue con aliento a Benito Juárez. En Alejandra Frausto, ve a su Secretaria de Cultura. En el origen de su seguidora, el estado de Guerrero. Supone en ella vibraciones de la cultura popular. Muy pocos le ven méritos para la cartera que, de la calle de Arenal, en Chimalistac, quiere el beisbolista en Tlaxcala. Ahí, donde según documenta el periodista Catón, “El gato que se ha quemado, al ver la ceniza corre”.

Gracias por seguirme y felices fiestas.

Eduardo Cruz Vázquez

Periodista

En el paredón

Periodista, gestor cultural y exdiplomático, experto en economía cultural, formación de emprendedores culturales y gestores de diplomacia cultural