México tiene un reto enorme para cuidar la vida de sus habitantes y una de sus consecuencias determinantes es la convivencia, sana y segura, en los espacios públicos.

Desde hace décadas los organismos internacionales y los países de altos ingresos han demostrado que pueden generarse calles seguras, con tasas de accidentes de 5 por cada 100 mil habitantes, como Europa registra en promedio, o de menos de 3, como Suecia. Se hallan lejos de las 13 muertes por cada 100 mil habitantes de México. Estamos décadas atrás. Imágenes de niños caminando a la escuela, en bicicleta o jugando futbol en la calle parecen salidas de cuentos de hadas.

En 2011, después de buenos años de implementación de la IMESEVI (Iniciativa Mexicana de Seguridad Vial), a cargo del CONAPRA, parecía que estábamos encaminados a encarar un exitoso decenio de acciones por la seguridad vial y reducir a la mitad las muertes por accidentes de tránsito. Sin embargo, después de unos primeros años de buenos resultados, cuando se logró bajar de 24 mil a 15 mil muertos al año, volvimos a subir a 17 mil y después a dejar de contar.

El informe anual sobre la situación de la seguridad vial que el CONAPRA publicaba todos los años ya no está disponible ni actualizado: cerramos los ojos pensando que así nos escondemos de los monstruos que se pasean por las calles.

Seguimos viviendo asfixiados por el esmog de la ciudad y esquivando autos como toreros cada vez que queremos cruzar una calle. Y es que no hemos sabido encontrar nuestras propias soluciones. Invertimos en todo menos en nosotros mismos: millones de pesos en obras, en autos, en camiones, en sistemas de telemetría... Nos olvidamos de que tenían que servirnos una herramienta para vivir mejor. Cuando invirtamos en las personas conseguiremos recuperar los espacios públicos seguros.

Por eso el nuevo decenio pone a las personas en el centro, para que aprendamos que las tecnologías funcionan solo si sabemos cómo vamos a aplicarlas para que mejoren nuestra vida, para que nos trasladen de un lugar a otro sin matarnos ni asfixiarnos.

Desde hace casi 20 años he sido partícipe y testigo de programas de reducción de accidentes muy exitosos en este mismo entorno, aparentemente hostil e irremontable. Y el único camino que se transitó para conseguirlo en todos los casos fue el de mejorar la vida de las personas: guiar y conseguir el compromiso de los administradores de los sistemas, mejorar el conocimiento y el proceso de toma de decisión de los usuarios e incorporar enfoques técnicos que lleven a una gestión que busque formas de mejorar el sistema y no solo culpables. Dónde se busca entender cuáles son las condiciones que generan las malas decisiones de los usuarios y también de los técnicos y administradores.

Conocemos el camino. De nosotros depende volver a conquistar las calles, nuestros entornos y nuestras vidas, recuperar nuestra calidad de vida y traer de vuelta los espacios que la tecnología mal entendida les robó a nuestros hijos.

*El autor es CEO CEPA Mobility de Care México.