Uno de los grandes debates de la comida callejera es el hecho de la barrera entre clandestinidad y legalidad.

Imaginar recorrer las calles de Nueva York sin carritos que vendan hot dogs, pretzels o tacos suena improbable. Como sucede en las grandes metrópolis del mundo, la comida callejera forma parte del paisaje urbano y es una actividad esencial no sólo para los comerciantes, sino también para los habitantes que diariamente buscan opciones baratas, rápidas y sabrosas para alimentarse.

Uno de los grandes debates de la comida callejera es el hecho de la barrera entre la clandestinidad y la legalidad. En la ciudad de Nueva York, los puestos callejeros están regulados por permisos que rondan los 20,000 dólares en el mercado negro. No todos los vendedores cuentan con permisos y esto los pone en la mira de la policía.

Los comerciantes de comida callejera en lugares como el Bronx o Queens gozan del favor de la comunidad cercana a las zonas donde se encuentran e incluso tienen cierta fama entre los críticos gastronómicos de los principales medios escritos de la ciudad. Nadie se cuestionaba sobre si estos comerciantes tenían o no los permisos: su comida igual atraía a hipsters, inmigrantes o habitantes de las zonas más caras de NY. Hasta que la policía de la ciudad organizó un operativo en el que destruyeron los carritos de algunos vendedores.

El hecho fue considerado ilegal. Organizaciones ciudadanas exigieron el respeto de los comerciantes, pues aunque no contaran con permisos, el hecho de destruirles sus puestos era ilegal. Dentro de la polémica, se evidenciaron algunas de las problemáticas comunes a las grandes ciudades: la mayoría de los comerciantes es inmigrante de todos lados del mundo, algunos sin papeles. Otras voces cuestionaban si la comida callejera era un símbolo de la tolerancia a la migración ilegal. También se cuestionaron las configuraciones urbanas que tiene hoy Nueva York y se puso sobre la mesa cómo cada vez los barrios de la ciudad sufren un proceso de gentrificación.

Asesorados por abogados pro bono, los comerciantes se unieron y fueron recompensados con aproximadamente 2,500 dólares para cada vendedor. Aunque parecería una batalla ganada, no se ha ganado la guerra. Muchos de estos vendedores independientes (es decir, quienes no pertenecen a una cadena propiedad de una sola persona) viven en condiciones precarias. Su trabajo genera debates sociales fuertes en torno a la clandestinidad de su actividad. En estos tiempos políticos, la tolerancia hacia los vendedores de la calle implica un posicionamiento ideológico fuerte acerca de la tolerancia a la inmigración.

Por otro lado, si bien la comida callejera en muchos contextos es parte de la cultura gastronómica de una ciudad, durante mucho tiempo fue considerada un producto de la desorganización, la desigualdad y el subdesarrollo económico. Su “glamourización” fundamentada en difusiones masivas a través de documentales, programas de televisión, críticas gastronómicas y videos en redes sociales ha creado un doble efecto: por un lado, protege socialmente la imagen de ciertos vendedores o el aporte general de estos establecimientos a la vida social. Por el otro, eleva esta comida a un estándar que probablemente por criterios de sabor y calidad siempre tuvo, pero que apenas recientemente quienes la consideraban parte del subdesarrollo están descubriendo. Esperemos que estos procesos no afecten de manera contraproducente en la que los puestos más reputados ofrezcan precios que ya no sea posible pagar a la mayoría de consumidores que en un momento fueron quienes hicieron posible su subsistencia.