El presidente habita en una realidad paralela, no entiende el mundo exterior. Para él es permanente la conspiración contra él y su gobierno

Los 18 años de campaña de Andrés Manuel López Obrador pareciera que prepararon al político para la plaza pública, pero no para gobernar. Un año después de ganar la elección, el presidente no se siente cómodo con la administración pública. Lo suyo es la arenga, la tribuna. Lejos muy lejos está de transformarse en el jefe de Estado que México necesita, y se ve difícil que lo vaya a conseguir, porque no le gusta. Pero tampoco tiene la preparación y eso no está a la venta. Por ejemplo, en Brasil, Lula rápidamente pasó de político a estadista, en cuanto asumió para su primer periodo, al tiempo que lanzó su programa Hambre Cero, modificó el sistema de pensiones, avanzó en la reforma energética, hizo de Petrobras un conglomerado competitivo y se aplicó a la generación de nuevas energías, entre otros proyectos.

El presidente habita en una realidad paralela, no entiende el mundo exterior. Igual descalifica a los organismos internos que a los internacionales. Para él es permanente la conspiración contra él y su gobierno. Las calificadoras están equivocadas cuando evalúan a Pemex porque él tiene datos distintos, nunca sabemos cuáles ni de dónde vienen. Nunca lo dice. Apuesta a que México crecerá por encima de los pronósticos, así vengan del Banxico. Sus cifras del empleo son diferentes, no importa si son del IMSS o el Inegi. Para López Obrador, la figura de Benito Juárez da para todo, igual para la correcta administración que para combatir la corrupción y para ello se apoya en sus amigos evangélicos. A sus ojos, el Estado laico que impulsó el benemérito aguanta lo mismo la prédica de Solalinde que la perorata de su consejero Farela.

En la República del absurdo hay servidores de la nación pagados por todos los mexicanos, pero que en realidad promueven al partido Morena. Los delegados estatales llevan acarreados que le chiflan al gobernador y aplauden al presidente, quien perdonavidas los reprende hasta el próximo mitin cuando otro gobernador de un partido que no es Morena recibirá su dosis. Para el presidente que fue elegido para gobernar a todos, quienes no están de acuerdo con lo que dice y hace son adversarios, los califica o descalifica reduciéndolos a neoliberales, prensa fifí o mafia del poder.

AMLO habla de cambio de régimen, pero no sabemos si en pocos meses la pregunta será quién será el valiente que al término de este sexenio tendrá los arrestos y el talento para levantar los pedazos y reconstruir lo que la autollamada cuarta transformación va dejando a su paso. En la República del absurdo la oposición es inexistente. Pero algunas voces inconformes se equivocan, López Obrador fue electo para un periodo de poco menos de seis años, no más pero no menos, pedir que renuncie está fuera de lugar, como también lo es impulsar un proyecto de revocación de mandato que sólo traería caos a al país. Un reportero preguntó: “¿Qué va a pasar cuando el titular de Hacienda le diga no presidente no se puede? lo convenzo”, y añadió: “Fíjense que tengo manera de convencerlo (...) El problema es que sus colaboradores a él no lo logran convencer, ¿verdad, doctor Urzúa?”.

Baja California

Un grave riesgo constituye la aprobación para que el gobierno entrante de Baja California pase de dos a cinco años. Se puede sentar un precedente y hasta fabricar jurisprudencia en beneficio de otros actores y perjuicio del sistema democrático.

La autoridad competente y los partidos políticos tienen la obligación de enmendarle la plana al Congreso estatal, investigar y sancionar si, como se especula, hubo sobornos.

Juan MaríaNaveja

Comunicador

Al Margen

Es analista, consultor y conferencista. Autor del libro Periodismo Radiofónico una Revisión Inconclusa, Editorial Porrúa y Coautor de Comunicación Política 2.1 modelo para armar, Editorial Etcétera.