Una serie de compromisos ha transformado el rostro de México en materia migratoria

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Si el presidente Trump gobernara a México, su política migratoria sería ovacionada entre la población. “Más de seis de cada 10 mexicanos asegura que los migrantes son una carga para el país porque ocupan puestos de trabajo y obtienen beneficios que deberían pertenecer a los mexicanos”; encuesta publicada por The Washington Post/Reforma, 17 de julio.

“(Entre mexicanos) 55% apoya la deportación de los migrantes que viajan por México para llegar a EU”.

“Que se vayan”, les dice Trump a cuatro congresistas estadounidenses negras. Sus países son “corruptos”, alega; él parece ser el conductor y dueño de la cadena de televisión llamada Casa Blanca.

Sólo 7% de la población mexicana estaría a favor de que el gobierno le permitiera quedarse.

Así es el rostro de una parte importante de la población mexicana: xenofóbica y nada solidaria en un momento de la historia, cuyos referentes temporal y geográfico se ubican en la guerra civil siria detonada hace una década por los fuertes vientos de la Primavera Árabe. Sus externalidades negativas son: el Brexit y Trump.

Es innegable que el secretario Ebrard es brillante; sin embargo, ha convertido a la cancillería en una enorme fábrica de historias para intentar disolver a la dura realidad sin darse cuenta que al paso de las semanas, las fantasías regresan a su estado primigenio, es decir, a la realidad.

En su storytelling aparece Estados Unidos aportando grandes cantidades de dinero a un plan de desarrollo donde los grandes beneficiados son Guatemala, Honduras y El Salvador.

La realidad: Trump confirmó la semana pasada que desviará a la oposición de Venezuela 41 millones de dólares que iba a entregar a Honduras y Guatemala a través de la agencia de EU para el desarrollo internacional (USAID).

En el diseño de su storytelling, las decisiones y estrategias que Ebrard ha tomado para contener la entrada de inmigrantes en la frontera con Guatemala han sido diseñadas por él. Quizá sí, pero el objetivo maestro, no.

La realidad: Todo comenzó el 15 de noviembre pasado en Houston. En su reunión con Mike Pompeo y Kirstjen Nielsen (entonces secretaria de Seguridad Nacional), Ebrard se comprometió a seguir el plan que estamos viendo ahora. México es policía migratoria de EU.

¿Qué ocurrió? A Estados Unidos, y en particular a Pompeo (exjefe de la CIA), le gusta trabajar en zonas vulnerables. “Cada voto cuenta, apoyemos a Hillary Clinton. Derrotemos la xenofobia antimexicana de Trump”, escribió Marcelo Ebrard en su cuenta de Twitter (29 de octubre del 2016), una semana antes de las elecciones. “Trump es el peor enemigo que México haya enfrentado en muchos años. Debemos esforzarnos para frenarlo con votos en EU” (31 de octubre del 2016). “Hillary Clinton va arriba en Florida, ayudémosla para ganar por la mayor ventaja posible al racismo de Trump”. Ebrard no era secretario en ese momento. Coincido con sus tuits. Los celebro.

No haber borrado los tuits habla bien de Ebrard. Pero Pompeo y Trump no los olvidan. La reunión en Houston fue para cambiar el tono de la relación. Aprovecharon su vulnerabilidad. Lo malo es la transformación de la política migratoria mexicana en un storytelling.

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.