En la esfera de la propaganda no se requiere de la verdad porque todo es engaño.

“Venezuela ya no es un tema”, anuncia el subsecretario para América Latina y el Caribe de la cancillería mexicana, Maximiliano Reyes. Al pronunciar la frase, el funcionario trata de moderar su sonrisa.

Reyes narra los comunicados de prensa de la Secretaría de Relaciones Exteriores a través de un spot publicitario llamado “Diálogos por la democracia” en el canal de televisión de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Desde la esfera de la propaganda se habla a un auditorio al que se le considera maleable y desinformado. En este caso, Reyes no le habla a los internacionalistas. Sobre los motivos de la salida de Evo Morales del poder existen “todas las muestras de golpe de Estado”, asegura el funcionario. “El ejército invita a Morales a que deje el cargo”, concluye Reyes. Sin embargo, el funcionario que supuestamente debe conocer a fondo las raíces que mueven la diplomacia latinoamericana oculta que el principal sindicato de Bolivia le pidió a Morales que renunciara. Evita mencionar que Morales violó la constitución que él mismo impulsó. Pero no importa, la propaganda incentiva a la manipulación y, lo mejor, no invita a la verdad porque todo es engaño.

En la esfera de la propaganda se permiten las inconsistencias. Reyes presume que él felicitó al equipo de Evo Morales por su victoria electoral del pasado 20 de octubre. México nunca observó el fraude. Sin embargo, Reyes reconoce en el spot publicitario que “Evo aceptó la auditoría de la OEA”, pese a que el gobierno de López Obrador había reconocido su victoria. Reyes no observó el discurso de Evo del domingo que abandonó Bolivia (10 de noviembre). Reyes asegura que Morales ofreció nuevas elecciones sin su participación. Falso. Sí se lo dijo a El País, pero ya estando en México, no lo mencionó en Bolivia.

En la esfera de la propaganda se tortura a la verdad cada vez que menciona el escenario manipulado. El conductor del spot, John Ackerman, asegura que México, “sin seguir las políticas de Trump”, ha logrado hacer de la frontera con Guatemala una especie de paraíso, “sin muro”, se enorgullece, pensando que su auditorio es zombie.

Reyes asiente. Ya no se ven caravanas ni “escenas dantescas de la Policía Federal”. De acuerdo con el diccionario, lo dantesco “causa espanto o impresiona y causa horror”. El funcionario no ha visitado la frontera ni ha visto las escenas desgarradoras que ha generado la presión de Trump. Ni el funcionario ni el conductor del spot reconocen las amenazas de Trump para que México desplegaraun muro militar.

Maximiliano Reyes habla de los proyectos que México apoya en Centroamérica, supuestamente para ayudar al desarrollo. Sin embargo, la cantidad de dinero no es suficiente para detonar los cambios que requieren Guatemala, Honduras y El Salvador. El funcionario no menciona la promesa de Marcelo Ebrard: Estados Unidos jalará la palanca de ayudas a Centroamérica, escenario que la Secretaría de Estado nunca ha mencionado.

“Venezuela ya no es tema”, respira con tranquilidad Maximiliano Reyes. Sin embargo, 30 millones de venezolanos viven bajo el régimen dictatorial de Maduro.

Me imagino que Reyes piensa lo mismo de Cuba.

Los hechos alternativos lanzaron al estrellato a Kellyanne Conway, asesora de Trump en temas de comunicación, la mañana del 20 de enero del 2016, cuando manipuló el número de asistentes a la toma de posesión de Trump. The Washington Post y The New York Times reportaban cifras menores a las de Conway. “Son hechos alternativos”, dijo Kellyanne.

La diplomacia mexicana debe de estar orgullosa de los hechos alternativos de Maximiliano Reyes.

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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.