La principal crítica al modelo neoliberal de empresa, el mayor legado de Milton Friedman, es su explícito egoísmo. Cualquier organización que, impulsada por su mandato legal, se obsesione con maximizar el valor de sus acciones fácilmente puede volverse insensible a las necesidades de sus clientes, empleados, comunidades e inclusive ciudades, estados y países. La regulación y la competencia limitan muchos atropellos. Pero de ellas no emana empatía.

Las empresas del Estado son diferentes en teoría. No son el camino más directo a la innovación y la eficiencia. Pero en su origen tienen los incentivos, estructura y orientación para alinearse con objetivos y necesidades del país. En línea con esa identidad, en los libros de historia, Pemex es imaginada como un atlas que creó y sostuvo comunidades enteras generando industrialización y haciendo actividades que no eran particularmente rentables. La mítica CFE ha llegado a rincones del país que, de acuerdo con el discurso oficial, a ningún empresario egoísta le hubiera gustado llevar la luz.

Esta verdad histórica era la que, al menos en el sector energético, la Administración pretendía actualizar. ¿Qué mejor revés al neoliberalismo que desplazar su egocentrismo, su insensibilidad empresarial, con el cuidado cariñoso y responsivo de una paraestatal?

Con poco más de 18 meses de evidencias, el Pemex y la CFE de López Obrador que querían revivir estos mitos y teorías más bien han generado la evidencia para sepultarlos.

¿Cómo se puede argumentar que las empresas del Estado son menos egoístas y piensan más en sus clientes, cuando la CFE de Bartlett le cortó la luz a más de medio millón de personas en plena pandemia? ¿Con qué cara se puede decir que a la CFE que preside Nahle le importa la productividad del país, cuando multiplica la tarifa de transmisión de electricidad a más de 14% del PIB en plena crisis económica?.

¿Cómo se puede decir que las empresas del Estado cuidan mejor a sus empleados, cuando la comunidad de Pemex, bajo el liderazgo de Romero, es la que por continuar irresponsablemente con sus actividades más casos proporcionales de Covid ha propiciado?.

¿Cómo afirmar que el gobierno cuida el medio ambiente cuando las plantas de CFE y las refinerías de Pemex contaminan más que ningún otro parque industrial en el país? Con su historial de derrames y emisiones sin remediar, ¿cómo alegar que las empresas del Estado son sensibles a las necesidades de las comunidades? Es difícil pensar en cualquier organización que ningunee e ignore a tanto alcalde y gobernador.

¿Es de verdad la CFE una fuerza positiva en el país cuando a los ojos del mundo minimiza a las autoridades hablando por ellas, les impone sus prioridades y atropella sus procesos regulatorios? ¿Es constructivo que, para salirse con la suya, discrimine a su competencia y apode ‘mercado negro’ a lo que la ley mexicana reconoce? ¿De verdad la CFE está alineada con el interés nacional cuando, con tal de operar más sus plantas por encima de los otros, está dispuesta a poner en riesgo el Estado de Derecho?

La iniciativa privada mexicana, en general, tiene que repensarse y reformarse. Si no es por su egoísmo friedmaneano es por los tantos escándalos de colusión, corrupción, rentismo, amiguismo y nepotismo. Demasiadas veces le ha faltado empatía, sensibilidad y compromiso con su entorno.

El modelo empresarial autoritario de la clase política mexicana, cristalizado en los liderazgos de las hoy paraestatales, de plano debe erradicarse.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell