“Estados Unidos está de regreso”. Con esta frase, el presidente Joe Biden ha sintetizado en diversos foros internacionales el aspecto internacional de su programa de gobierno: la recuperación del liderazgo global de Estados Unidos, erosionado notablemente por los cuatro años de gobierno de su antecesor, Donald Trump.

Pero ¿qué podría implicar este regreso? Entre otras cosas, el retorno de Estados Unidos a la cooperación internacional multilateral, así como la reanudación de su compromiso con alianzas estratégicas históricas, como su alianza trasatlántica con la Unión Europea y el Reino Unido.

Este “regreso” de Estados Unidos al escenario global tiene de fondo una restauración de ese conjunto de principios e instituciones que, desde finales de la segunda guerra mundial, se ha conocido como el orden liberal internacional: organizaciones multilaterales como la ONU y alianzas militares como la OTAN, lo mismo que principios como la resolución pacífica de controversias y la cooperación internacional.

Creado bajo la égida de Estados Unidos, que emergió como superpotencia tras su triunfo en la guerra, este orden se vio durante el gobierno de Trump atacado por la misma nación que lo concibió y promovió. El anterior presidente norteamericano erosionó, abandonó o destruyó muchos de los pilares de este orden de diversas maneras: substrayendo a Estados Unidos de convenios y organizaciones multilaterales como la OMS o el Acuerdo de París para combatir el cambio climático, renegando de los compromisos implicados en sus alianzas, o acercándose a Estados que han quebrado puntos centrales del orden liberal, como la Rusia de Vladimir Putin.

Biden se ha propuesto restaurar muchos de estos cimientos deteriorados por su predecesor. Hasta ahora, ha devuelto a EU al Acuerdo de París y ha tomado pasos para el restablecimiento del acuerdo nuclear con Irán. Pero, a pesar del cambio radical en el discurso, y de los hechos concretos que lo han respaldado, existen interrogantes significativas sobre la posibilidad de éxito de este proyecto de restauración.

En primer lugar, está la persistente desconfianza que los propios aliados de Estados Unidos albergan hacia esta nación. Existen dudas sobre si este renovado compromiso durará realmente, o si será interrumpido por un nuevo triunfo del trumpismo (o posturas análogas) en futuras elecciones. Signos concretos de esta desconfianza son el nuevo acuerdo comercial de la Unión Europea con China, así como la aparición del concepto de “autonomía estratégica” en boca de líderes europeos como Emmanuel Macron, una idea que apunta a la necesidad de una estrategia de seguridad propia para Europa, independiente de los vaivenes norteamericanos.

Una segunda área que pone límites a la idea de una restauración del orden liberal es el acelerado ascenso de China como potencia global. Durante los años del gobierno de Trump, China comenzó a ocupar los vacíos de liderazgo dejados por el aislacionismo, el desinterés o la desidia de Estados Unidos. Más aún, consolidó la creación de alianzas estratégicas (por ejemplo, con Rusia) y de instituciones de cooperación internacional paralelas. China se acerca a la meta de presentarse como una alternativa al modelo político, económico e internacional representado por Estados Unidos.

En buena medida, el futuro del orden liberal internacional dependerá de la evolución durante los siguientes años de esas dos variables: la capacidad de Estados Unidos de restablecer la confianza de sus antiguos aliados, así como de instituir formas de colaboración con el nuevo liderazgo chino en la producción de “bienes públicos” como la paz y la salud mundiales. Y es que, a pesar de sus problemas y contradicciones, una cierta versión del orden liberal, basado en la cooperación y el multilateralismo, resulta indispensable, sobre todo frente a problemas urgentes como la regulación tecnológica y el cambio climático que son, por su propia naturaleza, transnacionales.

*Profesor del Colmex, Doctor en Historia (Princeton).

@humbertobeck