Es difícil no ver con preocupación el cuadro político que parece estar tomando forma en Perú tras la primera vuelta de la elección presidencial, el pasado domingo.

dispersión del voto entre numerosas candidaturas, ninguna de las cuales llegó a alcanzar el 20% de los sufragios, no sugiere el escenario de polarización que algunos han descrito, sino más bien una suerte de desorientación de los electores (mezclada con desinterés), que se han fragmentado ante una gama de candidaturas que no supieron construir bases de apoyo amplias, mucho menos nada que se acercara a una mayoría.

Un resultado de ello es que los dos candidatos más votados en primera vuelta sí representan, en muchos sentidos, polos opuestos, lo que obligará a los peruanos a plantearse la elección del Presidente en términos de blanco o negro. Aun cuando en segunda vuelta la tendencia natural de los postulantes sea a la moderación, son tantas y tan profundas las diferencias entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori que cuesta avizorar una estrategia creíble por minimizarlas en busca de votos.

Que la primera mayoría en el balotaje fuera un candidato que admite afinidades con los procesos políticos de Cuba y Venezuela es en verdad alarmante. La posibilidad de que Perú, que hasta hace poco parecía encaminado por un rumbo de progreso, pudiera adoptar una deriva similar a la de esos países, marcaría un lamentable retroceso para ese país, con probables secuelas para la región. Las simetrías de enfoque hablan por sí solas: entre otras, nacionalización de sectores estratégicos, refundación constitucional, demonización de grandes empresas (algunas de ellas chilenas) y, por cierto, la conocida promesa de acabar con el “modelo neoliberal” que no podrán volver a operar con normalidad.

Lo anterior no implica que la alternativa represente necesariamente un mejor camino, ya que por diversos motivos, es posible que esa victoria incluyera el germen de una crisis política en el corto plazo, agravando los problemas para la tensionada democracia peruana.

Mario Vargas Llosa, personaje que ha sido crítico de la dictadura de Alberto Fujimori, pidió el voto a favor de su hija Keiko: “los peruanos deben votar por Keiko Fujimori, pues representa el mal menor y hay, con ella en el poder, más probabilidades de salvar nuestra democracia, en tanto que con Pedro Castillo no veo ninguna” (El País, 18 de abril).

Vargas Llosa hizo público su apoyo a condición de que Keiko Fujimori “respetar la libertad de expresión, a no indultar a Vladimiro Montesinos, responsable de los peores crímenes y robos de la dictadura, a no expulsar ni cambiar a los jueces y fiscales del poder judicial, que han tenido en los últimos tiempos una actitud tan gallarda en defensa de la democracia y los derechos humanos, y, sobre todo, a convocar elecciones al término de su mandato, dentro de cinco años”.

Un sondeo de IPSOS plantea que Castillo alcanza el 42% de la intención de voto, por sobre el 31% que se inclina por su contrincante, Keiko Fujimori, y a lo que se suma que el 16% preferiría votar blanco o anular. Este panorama, según el banco de inversión estadounidense, JP Morgan, refleja "la opción de discontinuidad de la política en el futuro".

"Si bien el bajo apoyo inicial a Fujimori no es de extrañar dado el elevado rechazo con el que la candidata inicia esta contienda, el 42% que favorece a Castillo en esta etapa parece superior a lo que habíamos anticipado a priori dado su programa económico y social", se lee en el reporte elaborado por los economistas Diego Pereira y Lucila Barbeito.

En este escenario, el análisis plantea que "la situación extrema que están sufriendo los hogares en lo que respecta a la crisis del Covid y los ingresos laborales probablemente explican el elevado apoyo al candidato que propone una discontinuidad de la política macrofinanciera".

Lo que es cierto es la gravedad en la que se encuetra Perú. Mucha atención.