El gobierno impuso un control de cambios, no hay por qué no llamar a las cosas por su nombre. Aunque tampoco se trata de una restricción tipo corralito argentino o al estilo Hugo Chávez. Ni siquiera al estilo de los dólares controlados de López Portillo.

Es un control en el cambio de dólares en efectivo a pesos en el sistema bancario mexicano. Así de acotado, pero así de importante. Y también así de limitado.

Es un paso lógico ante las evidencias de un enorme lavado de dinero de dólares en el sistema financiero, pero es una medida incompleta en una necesaria estrategia de lucha en contra de la parte patrimonial de crimen organizado.

Es el típico tapar el sol con un dedo, porque no se cierran otras avenidas de blanqueamiento de los recursos ilícitos.

Las reglas que empezarán a operar desde el próximo lunes y hasta dentro de tres meses buscan hacer más complicado conseguir pesos. Hacen de la moneda nacional una mercancía más escasa, cuando se trata de obtenerla vía cash.

Pero queda pendiente la regulación del uso de una divisa para operaciones comerciales internas.

La dolarización de facto que vive México es un mecanismo de defensa del valor de los bienes, ante la inestabilidad histórica de una moneda débil como el peso. Pero una economía dolarizada es también muy conveniente para el manejo de las finanzas del crimen organizado.

Simplemente se puede operar con la moneda con la que obtienen sus principales ganancias: el dólar de Estados Unidos.

Esta medida puede fomentar el crecimiento de los mercados negros de cambio que de hecho operan en México. Ampliar los alcances de las paridades competitivas a más puntos de venta del país.

Simplemente, se podrían conseguir dólares a precios más bajos en esos canales informales. Pero es como quien va a Tepito a conseguir una televisión más barata que en el comercio establecido: hay quien lo hace, pero pocos se atreven.

No es posible, cómo alertan con un alarido partidista algunos diputados desde el Congreso, que se generalice un mercado negro.

Entre otras cosas, porque no se suspenden las ventas de dólares en los bancos.

Pero si no se limitan las operaciones en dólares para la compra-venta de bienes como casas o autos, entonces sí se podría incrementar la dolarización. Podría no ser necesario cambiar a pesos si logran la extensión del billete verde como medio de cambio.

La limitante cambiaria es una medida de guerra que habrá de tener inconvenientes en algunos sectores, especialmente el turístico.

Especialmente los estadounidenses, se saben poseedores de una moneda de aceptación universal y por lo tanto extienden sus billetes para cualquier transacción, porque saben que lo que encuentran es apetito por la divisa.

Lo que pretenden las reglas es que cambie esa ambición de dólares para exigir o incentivar el uso de medios electrónicos o de plano pesos al momento de pagar sus vacaciones.

Es como un turista mexicano que llega a cualquier país. Es imposible que intente liquidar una cuenta marcada en euros o libras, con pesos. Porque simplemente muchos no los conocen.

Un negocio turístico que acumule más de 7,000 dólares al mes tendrá que optar por premiar el uso de otros medios de pago para no afectar sus flujos.

O bien, como lo dijimos antes, tendrá que empezar a utilizar el dólar para liquidar a proveedores, trabajadores y demás, fomentando una dolarización más profunda en estas zonas, que de por sí funcionan con billetes verdes.

No hay que gritar a los cuatro vientos que Hacienda se puso a la altura del gobierno cubano al restringir el uso de dólares, porque eso no es cierto. Pero también deben medir las consecuencias de tomar medidas parciales.

Por lo demás resulta interesante ver cómo ahora el peso se convierte en la moneda codiciada. A diferencia de la urgencia que tenía el mercado mexicano de dólares durante los años 80. Hoy ocurre al revés: dólares, los que quieras, pero si de pesos mexicanos se trata, con límites y restricciones.

Eso es resultado de un muy desafortunado éxito exportador en el mercado de las drogas ilegales.