Ríos de tinta, de dedicatorias, de estudios y recetarios están dedicados a la confort food. Un término que aunque originario de culturas anglosajonas, se ha instalado en otras comunidades para referirse a esa comida, que en un sentido llano “nos da confort, nos hace sentir bien”. Pero, en realidad ¿qué es la confort food? Cuando se buscan por ejemplo recetarios de origen anglosajón, la confort food incluye preparaciones como la sopa de pollo, los macarrones con queso, o incluso en el contexto inglés, un sheperd’s pie.

La confort food típicamente se asocia a un sentimiento de bienestar. Según algunos estudios al respecto, para algunas personas la confort food está directamente relacionada con nociones de recuerdos y nostalgia de comidas, olores y sabores de la infancia. Las lecturas más normativamente medicalizadas de las confort foods las tienden a relacionar con comidas hipercalóricas de poco valor nutricional, cargadas de azúcares o de grasas. Sin embargo, en la construcción de las confort foods no necesariamente intervienen estos factores: basta que por ejemplo, en un recuerdo de infancia alguien recuerde las frutas que cortaban en el huerto de la abuela, para que esa comida se convierta en una confort food en la vida adulta. Y el confort emocional que da esta comida no está dado por la cantidad de grasas o azúcares como lo estiman algunos, sino por un recuerdo anclado a memorias de un lugar seguro, de una etapa de la vida sin preocupaciones, o de un vínculo afectivo tan fuerte como el de la abuela.

Por otro lado, reducir las confort foods a comidas hipercalóricas, es ignorar todo el abanico del bagaje cultural por el que se articulan complejamente los momentos de placer en nuestro sistema neurológico. Cuando se busca en inglés confort foods en internet, tienden a aparecer recetas estandarizadas sobre ciertos platillos que hacen un significado común en determinado contexto cultural que nos puede ser ajeno. Por ejemplificar este argumento de otra manera, no existe pues una lista oficial sobre las confort foods de una gastronomía en específico. ¿Por qué? Justo porque el proceso de construcción de que ciertas comidas se establezcan como algo que da confort y satisfacción en momentos de “necesidad” emocional, es un proceso de dos vías que se construye entre lo individual –las memorias, las emociones, los gustos personales por ciertos sabores, olores, las trayectorias de vida que remiten a lugares o personas– y lo colectivo – las comidas de un repertorio culinario que es compartido históricamente-.

Aunque el término originalmente también designaba a comidas que se hacían en un entorno doméstico – por representar las ideas románticas de las recetas de la abuela-, hoy encontramos también que existen restaurantes con gastronomía categorizada bajo el concepto, que no ofrecen sino reinterpretaciones de platillos que significan placer para un colectivo de personas. Estos platillos difieren de país en país, y a veces pueden caer en menús “infantilizados” con platillos en los menús que incluyen por ejemplo, el cereal de desayuno o las botanas de la infancia.

En todo caso, pareciera que en una época donde la comida está a veces solamente reducida a sus aspectos puramente nutricionales, olvidamos que una de sus grandes funciones es también la de proporcionar placer y confort. Muy probablemente el término confort food  nace en un contexto donde a veces se hace necesario recordar que nuestros enganches emocionales con la comida son completamente inherentes a la condición humana.

Twitter @lilianamtzlomel

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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