La visita a India de Lloyd J. Austin III, Secretario de Defensa de los EU, ratifica la voluntad de cooperación en materia de seguridad y recalca una mirada compartida sobre el significado de la estabilidad en la región Indo-Pacífica. Llamó la atención la simultaneidad del encuentro en Nueva Delhi con el inicio de las conversaciones con China en Alaska. Parecía que la mesa de negociación necesitase para su éxito del mantenimiento de una amenaza. El hilo rojo que conecta los intereses de las dos democracias más grandes del mundo no es la industria del entretenimiento, sino una estrategia del conflicto basada en un poderoso interés común.

Durante la última década hemos observado el creciente deseo de Washington por mostrar su capacidad de disuasión y de asociación militar en Asia. El enfoque planteado descansa en el lenguaje de la interoperabilidad y en la promoción de acuerdos en defensa como activo diplomático. Mientras China elevaba el comercio internacional con sus vecinos, EU mejoraba su capacidad de intimidación en la zona en disputa, aunque ciertas decisiones resultasen contradictorias (por ejemplo, el rechazo de Donald Trump a la realización de maniobras conjuntas con Corea del Sur y su negativa al uso de los B-52 con base en Guam -referencia extraída de las memorias de John Bolton, exconsejero de Seguridad Nacional de los EU-).

Civilizaciones diferentes encontraban formas de cooperación sin necesidad de compartir lineamientos culturales, si bien partían de la insistencia en el valor de la democracia. El actual rol de India, o de los otros miembros del llamado quad, parece prefigurado en unas palabras de Samuel P. Huntington recogidas en su libro El choque de civilizaciones (1996): “Sabemos quiénes somos sólo cuando sabemos quiénes no somos y con frecuencia sólo cuando sabemos contra quiénes estamos”. Impresión que materializa una idea ajena a la versión multicivilizacional y que vendría a ser la justificación para entender que la lógica estratégica trasciende los factores culturales. 

Bajo la hegemonía institucional de Narendra Modi, la India ha abierto un proceso global de expectativas. En el período 2016-2020 ha sido el principal receptor de transferencia armamentística para Francia, Israel o Rusia; aumentó el número de reactores nucleares y fortaleció su capacidad aérea con aviones Dassault Rafale o con un lote de helicópteros Apache. Todo apunta a que su dependencia tecnológico-militar con Rusia, forjada en sus tiempos de gestación como Estado Nación, será amortiguada por otros socios preferentes.

Pensar el Pacífico desde el Índico es el ángulo de visión que explica la trascendencia de una decisión tomada por James N. Mattis, exsecretario de Defensa de EU, el 30 de mayo de 2018: la creación del Comando Indo-Pacífico cuyo cuartel general está en el Campamento H. M. Smith en Hawái. Aquel impulso determinó las características de una fuerza llamada a controlar dos océanos y más de la mitad de la superficie terrestre. Con la invención del hashtag #FreeandOpenIndoPacific se resume una lectura imperial del mundo.

Sin menospreciar el papel de las contingencias es razonable afirmar que la percepción estadounidense sobre la conectividad Indo-Pacífica hará de India un socio vital en su acción exterior. Como decía Robert D. Kaplan, al abordar el dilema geográfico de la India, nos tocará despejar dudas sobre el sentido de sus rivalidades (emocionales, tácticas, comerciales) para anticipar su perdurabilidad y el carácter de las disputas a que den lugar; pero el subcontinente indio ya es hoy un cine con butacas preferentes para asistir a la exhibición del nuevo orden mundial.

*Doctor en Humanidades, Universidad Carlos III.

@alfredo_kramarz