Con gran velocidad, el mundo está cambiando tecnológica, ambiental, sociológica y demográficamente. Parte fundamental de esas transformaciones radica en las habilidades y competencias profesionales que los trabajadores requieren para gozar de un empleo digno, productivo e incluso ecológico.

Si México no es capaz de adaptarse a estas nuevas condiciones, seguiremos teniendo un mercado laboral precario y una economía pobre, que no permite a las personas acceder a sus derechos sociales. Por eso tenemos que luchar por mantenernos a la vanguardia de la revolución laboral global. La brecha entre nosotros y los países más avanzados puede hacerse más grande.

Sobra decir que, con el coronavirus, los retos se han vuelto todavía más difíciles de superar. Incluso en los países con mejores condiciones económicas, laborales, sociales y educativas, la dirección y la posibilidad de impulsar la formación profesional están en una crisis de dimensiones hasta hace un año impensables.

En otras palabras: el Covid-19 ha cambiado los conocimientos, las habilidades, la salud y la capacitación que las personas deben tener para desarrollarse plenamente como miembros productivos de la sociedad. Los datos son extremadamente inquietantes.

De acuerdo con el estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) Formación profesional en la respuesta a la crisis y en las estrategias de recuperación y transformación productiva post Covid-19, en marzo de 2020, cuando la crisis sanitaria apenas estaba llegando a América Latina y el Caribe, había en la región 94 millones de jóvenes que no tenían empleo y cerca de 23 millones no estudiaban, trabajaban ni estaban en capacitación.

Ahora, con la pandemia, 85% de los jóvenes tuvieron que continuar su formación profesional y actividades educativas a distancia, cuando apenas en 2017 cerca del 18% de los jóvenes en situación de desventaja socioeconómica no tenían internet en su casa ni en su escuela, y un 24% no disponían de una computadora en ninguno de esos dos lugares. Los más afectados son los que son víctimas de las desventajas sistémicas.

El Índice de Capital Humano 2020, elaborado por el Banco Mundial, señala que, siendo optimistas, el 60% de los niños que nacen hoy en el mundo serán solamente la mitad de lo productivos que podrían ser si tuvieran una educación y una salud completas.

México enfrenta un porvenir raquítico, ya que, según el mismo estudio, un niño promedio de nuestro país nada más alcanzará el 61% de su productividad potencial. La informalidad, el desempleo y la desocupación han crecido en los últimos meses. Con el coronavirus están en riesgo los despaciosos pero innegables avances que hemos alcanzado en materia de salud, educación, empleo e innovación.

Sin embargo, todo desafío es, en el fondo, una enorme oportunidad. Además de combatir la pandemia, llegó el momento de estimular el cambio, es decir, de llevar a cabo una reconversión en las habilidades de los trabajadores, la cual les permita, cuando menos, tener acceso a la salud y la seguridad social, a un empleo estable y productivo, que sea moderno y utilice las nuevas tecnologías. Debemos erradicar la informalidad. No basta con invertir en la educación; también hay que fomentar la capacitación laboral.

Si en TallentiaMX estamos convencidos de que la subcontratación resulta necesaria, es, precisamente, porque puede contribuir a generar estos cambios. Sabemos que no es la única solución. Pero la tercerización se dedica a reclutar trabajadores, capacitarlos de acuerdo con las necesidades reales de las empresas, contratarlos formalmente (con seguridad social) y administrar sus actividades para que puedan desarrollarse profesionalmente.

Tenemos que utilizar todos los medios al alcance para revertir esta crisis. En este sentido, la tercerización contribuye, con un pequeño pero imprescindible grano de arena, a la formación profesional.

*El autor es director general de TallentiaMX.