En el primer semestre del 2019, el gasto público experimentó una caída de 4.5 por ciento. Este descenso es mayor, en términos porcentuales, al que se ha vivido en cualquiera de los primeros semestres de todos los sexenios, de Carlos Salinas de Gortari hasta Enrique Peña Nieto.

La reducción del gasto con AMLO es mayor incluso a la que se vivió al comenzar el sexenio de Ernesto Zedillo. Esto es mucho decir. En 1995, la contracción del gasto gubernamental fue obligada por la crisis que se detonó con el “error de diciembre”. Entonces, hubo fuga de capitales, devaluación del peso y caos en los mercados. El gobierno cerró la llave porque se quedó sin recursos. Estaba obligado a pagar una deuda que se salió de control.

¿Cómo entender la drástica reducción del gasto del gobierno con AMLO? No había una situación de emergencia, interna o externa, que obligara a cerrar la llave. Tampoco había vencimientos financieros de gran escala que obligaran a generar un “guardadito”. Podemos pensar que esta fuerte contracción del gasto es una forma de honrar el compromiso de austeridad de AMLO y poner un sello personal. El presidente está convencido de que en muchas dependencias el gasto “normal” era como un cáncer y ordenó que se aplicara quimioterapia. Esto trajo la cancelación de programas; la reducción drástica de sueldos y el despido de trabajadores. También se redujo al mínimo la inversión en obra pública. El símbolo es el aeropuerto de la Ciudad de México, pero hay cientos de pequeños proyectos que se quedaron en pausa.

La instrucción presidencial se implementó a rajatabla. En algunos casos su aplicación se volvió más dura porque se encargó a funcionarios que estaban viviendo su propia curva de aprendizaje en la administración pública. “Quizá se nos pasó la mano con los recortes”, reconoció el jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, a fines de mayo. Podemos quitar el quizá a la frase. Sí, se les pasó la mano. La caída del gasto público en el primer semestre de AMLO llegó a 13%, si descontamos las erogaciones relacionadas con compromisos financieros, como pago de pensiones y costo financiero de la deuda.

Ese recorte de 13% equivale a retirar 154,000 millones de pesos del flujo económico. Este “faltante” contribuye a explicar la falta de dinamismo de la economía en el primer semestre. El gasto e inversión pública es uno de los motores que mueve el PIB; los otros son la inversión privada, las exportaciones y el consumo privado. Cuando el gobierno detiene su gasto, hace un gesto que va más allá del dinero que deja de gastar: envía una señal a los agentes privados y ellos también meten freno en sus planes de inversión o compras.

¿Cómo será el segundo semestre? Muy diferente. El secretario Arturo Herrera anunció el lunes un programa de gasto público que está diseñado para reactivar la economía. Cabe aclarar que, de los 485,000 millones de pesos anunciados, “sólo” 165,000 millones son gasto. El resto está relacionado con la activación de créditos por parte de la banca de desarrollo, que ha jugado un papel muy discreto en la 4T.

Habrá más gasto público porque la economía no está creciendo, pero no cambiará el compromiso con la austeridad. Suena bien, pero hay algo que no cuadra. Tenemos grandes proyectos que no tienen sustento técnico financiero, como Dos Bocas y el Tren Maya, ¿en ellos no aplicará la austeridad, la eficiencia y el sentido común?

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Luis Miguel González

Director General Editorial de El Economista

Caja Fuerte

Licenciado en Economía por la Universidad de Guadalajara. Estudió el Master de Periodismo en El País, en la Universidad Autónoma de Madrid en 1994, y una especialización en periodismo económico en la Universidad de Columbia en Nueva York. Ha sido reportero, editor de negocios y director editorial del diario PÚBLICO de Guadalajara, y ha trabajado en los periódicos Siglo 21 y Milenio.

Se ha especializado en periodismo económico y en periodismo de investigación, y ha realizado estancias profesionales en Cinco Días de Madrid y San Antonio Express News, de San Antonio, Texas.