El crecimiento económico sin inversión en desarrollo humano es insostenible y carente de ética.

Amartya Kumar Sen, economista indio Premio Nobel de Economía.

Recientemente se ha discutido mucho, tanto las reglas de operación como el efecto potencial que puede tener, el programa de Jóvenes Construyendo el Futuro, que otorga recursos de manera directa a los jóvenes que participen, vinculándolos con el mercado laboral.

Se trata de un apoyo de 3,600 pesos mensuales, durante un año, que involucra empresas de todo tipo y tamaño, a instituciones públicas y organizaciones sociales, con el fin de que reciban a los jóvenes y trabajando desarrollen habilidades útiles para el mercado laboral.

El programa evidentemente tiene un propósito favorable, pero como en casi todo, el “diablo está en los detalles” de su ejecución.

De acuerdo con las estadísticas oficiales, en total se han registrado 900,000 participantes (cantidad muy extrañamente exacta), distribuidos entre las edades de 18 y 29 años, mayoritariamente con nivel de educación secundaria y preparatoria.

Entre las empresas y entidades inscritas, lo mismo aparecen empresas establecidas de tamaño grande y mediano, que pequeños establecimientos comerciales e incluso personas físicas que, suponemos con la información oficial proporcionada, administran algún tipo de micronegocio.

El costo total del programa, con base en los inscritos actuales, será de 38,880 millones de pesos. Este monto es casi 40 veces superior al presupuesto del 2019 para la construcción de nuevas universidades públicas y casi 29 veces el presupuesto del Conalep.

Pero ¿cuáles deberían ser algunos de los elementos centrales de programas orientados a desarrollar habilidades y vincular a los jóvenes con el mercado laboral?

En la experiencia internacional y en Europa, como resultado de la crisis del 2008 y el 2009, se elevó la tasa de desempleo en jóvenes, en países como España, Grecia e Irlanda, a niveles cercanos a 50 por ciento. Pero países como Austria y Alemania, aunque resultaron afectados, fueron mucho más resistentes. Estos ejemplos tienen una política muy activa que fomenta dos vertientes. Por un lado, la llamada educación dual, que consiste en garantizar que, durante la etapa de educación preparatoria y superior, los jóvenes estudiantes combinen el aprendizaje con la práctica profesional, con el fin de asegurar que obtengan las capacidades y habilidades prácticas (y conexiones) para posteriormente insertarse de manera más efectiva en el mercado laboral y con una mejor remuneración.

La segunda vertiente consiste en dejar de poner el foco absoluto en la educación superior universitaria como el objetivo final de todos los jóvenes. En la misma comparación, Alemania presenta una participación en la educación superior de personas de más de 29 años de 29%, mientras que países como Finlandia, Suecia y el promedio de países de la OCDE se encuentran en niveles cercanos o superiores a 40 por ciento.

En Alemania y Austria, existe una identificación muy clara de las fortalezas y relevancia que la educación y trabajo técnico tienen para el sector productivo. Ello genera salarios comparativamente mejor remunerados en algunos sectores, además de que los jóvenes pueden incorporarse a más temprana edad al mercado laboral.

Los países que, a toda costa, más con un sentido aspiracional que con una visión económica, pretenden que la mayoría de los jóvenes obtenga una educación superior universitaria, fallan en comprender que muchos jóvenes con formación universitaria genérica, sin habilidades prácticas, no encuentran espacios adecuados, ni suficientemente remunerados, en el mercado laboral.

Esto no descarta la relevancia de le educación superior, sólo destaca la necesaria complementariedad entre la educación superior y la educación técnica.

El objetivo central debe ser atacar la desigualdad estructural, creando condiciones que permitan a los jóvenes mejores oportunidades de desarrollo en el mercado laboral.

Adicionalmente, la forma que adopta el programa de Jóvenes Construyendo el futuro no cumple con el propósito fundamental de servir como mecanismo de capacitación y certificación de competencias específicas, lo que no mejora sus posibilidades de empleo futuro.

Hoy, parecería indispensable que se revitalice y se amplíe el Conalep y que ello se haga además (incluyendo la educación superior), corrigiendo una debilidad estructural del sistema educativo mexicano (señalada recientemente por la OCDE): la falta de vinculación con el sector productivo. Se trata de lograr la adquisición de habilidades y conocimientos efectivamente útiles en el entorno laboral y, simultáneamente, que dicha vinculación permita que los jóvenes desde su etapa de estudio realizar prácticas profesionales remuneradas, que aseguren una mayor eficacia de la educación que reciban.

No sólo se trata de una prioridad social, sino de un imperativo económico, si queremos mejorar el crecimiento de nuestro país.

El autor es politólogo, mercadólogo, especialista en economía conductual y profesor en la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y presidente del Consejo para el Fomento de Fondo de Ahorro Educativo de Mexicana de Becas. Síguelo en Twitter: @martinezsolares

[email protected]

Raúl Martínez Solares

CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo

Economía Conductual

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

Síguelo en Twitter: @martinezsolares