2020 fue un gran año para los podcasts en México. El volumen de consumidores cotidianos de este formato digital sumó 17 millones y se cree que en dos años más superará los 30 millones. El podcast es el bicho más íntimo de entre los formatos digitales y, por lo mismo, uno idóneo para capturar la inversión publicitaria de las marcas que buscan audiencias de nicho.

Durante 2020 vivimos lo público desde nuestro espacio privado. Y el espacio privado, conectado a internet, nos permitió conocer y experimentar con diferentes formatos de contenido digital. Los podcasts fueron un excelente vehículo para ofrecer información, entretenimiento y distracción individual. 

El podcast es un formato que se consume por lo general en solitario. Las nuevas plataformas para su distribución ofrecen un conocimiento preciso de la audiencia y de sus hábitos de consumo: “Los podcasts permiten a los anunciantes crear una relación más íntima con el usuario y eso es algo que aprecian y respetan”, dijo a la CNBC Dawn Ostroff, jefe de contenido de Spotify. 

El podcast es un viejo conocido de internet. Es un formato digital de audio bajo demanda que gozó de cierta popularidad en la primera década del siglo XXI, luego cayó casi en desuso y, hacia mediados de los 2010, volvió a cobrar relevancia y ganó público con la conjunción de cuatro factores: mejores y más baratas conexiones a internet, diversificación y abaratamiento de los teléfonos inteligentes y, sobre todo, la incorporación de los géneros narrativos y la aparición de las plataformas de audio en streaming. 

Antes de la primera temporada de Serial (2014), con 12 episodios de investigación sobre un crimen, los podcasts eran prácticamente conversaciones y debates o programas de radio tradicionales convertidos en archivos mp3 para descargar bajo demanda.

A finales de los años dosmiles predominaban tres valores: contenido, espontaneidad e innovación. Se trataba de integrarse a una cofradía a través del fenómeno sonoro. Los podcasts eran archivos de descarga directa desde las páginas web de sus creadores o a través de servicios de sindicación basados en el lenguaje XML (como RSS y Atom). Un producto artesanal, de geeks para geeks. Su distribución se realizaba casi de mano en mano. Ahora nadie se imagina llevar un montón de archivos mp3 con podcasts en una USB. ¿Archivos mp3? ¿Una USB? ¿De qué estás hablando, Willis? Esperen: ¿quién es Willis?

Hoy los podcasts son experiencias sonoras inmersivas. Su masificación obligó a sus creadores a profesionalizarse. La calidad técnica tiene tanta relevancia como el contenido. 

Los antiguos consumidores de podcasts sólo tenían a Apple como plataforma de distribución global y a Apple no le importaban ni los contenidos ni la calidad técnica. A Apple le interesaba el volumen, la cantidad de contenido que podía ofrecer a los usuarios de los iPods y los recién estrenados iPhones, así fueran los podcasts de dos ñoños comentando películas y cómics mientras bebían cerveza y soñaban con triunfar en la red.

Las cosas cambiaron. La casa consultora PwC México pronosticó que en 2020 el negocio publicitario relacionado con los podcasts rondó los 366 millones de pesos. Fue el único segmento de la industria del entretenimiento y los medios que creció a doble dígito en el año de la pandemia: 27%. Se prevé que en 2021 dé un salto de casi 60% hasta los 577 millones de pesos.

2020, el año del distanciamiento social, permitió al formato demostrar su potencial como integrador de comunidades y como producto de alta calidad. El podcast dejó de ser un platillo exótico para integrarse a la dieta cotidiana de los consumidores digitales.

José Soto Galindo

Editor de El Economista en línea

Economicón

Periodista. Desde 2010 edita la versión digital de El Economista en la Ciudad de México. Maestro en Transparencia y Protección de Datos Personales por la Universidad de Guadalajara. Tiene especialización en derecho de las telecomunicaciones y las tecnologías de la información. Su blog personal es Economicón.

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