Mientras París arde en manos de una población atosigada por impuestos y por injusticias sociales (relativas), en México la crítica aclama plácidamente una película que elogia la injusticia y el racismo profundo de la sociedad mexicana.

Para la clase alta mexicana que ha crecido con nanas y empleados domésticos, la película Roma de Alfonso Cuarón es una Madeleine de Proust (nota de editor: el pan magdalena sumergido en el té a Proust le evocaba un recuerdo detallado sobre la casa de su tía). Sin embargo, la película es una apología sobre el apartheid, del racismo, de la explotación sobre los empleados por parte de la casta adinerada mexicana, casta mayoritariamente inculta y rapaz, que se distingue por una notoria falta de gusto como lo demuestra magníficamente el libro de Daniela Rossell Ricas y Famosas. El libro retrata a una casta unida por su daltónica hipocresía y, en el mejor de los casos, por su complaciente colaboración con un sistema que ha marginado a 70 millones de mexicanos en un estado de pobreza insoportable.

En un país en el que por fin no ganaron los “güeritos”, sino los explotados, los olvidados, los discriminados a través de su partido llamado casualmente Morena, Cuarón rinde un homenaje sin distanciamiento y sin crítica social alguna a una casta fondeada en su mayoría por ventajas obtenidas a través del cruel sistema corrupto, racista y discriminatorio mexicano.

En esta obra autobiográfica, el director muestra en una escena a la familia viendo la televisión con la nana sentada en el suelo para atender los deseos de la familia. La escena reveladora y de actualidad en las familias adineradas del México de hoy carece la ironía y la crítica, para tomar distancia frente a esta forma de esclavitud moderna.

Cuarón usa el embarazo de la nana para describir a su casta con rasgos paternalistas, pintando a la servidumbre como irresponsable e incapaz de manejar su vida íntima.

En la película busqué algún rasgo de crítica social sobre el racismo que, por cierto, prevalece en México. No la encontré.

Luchino Visconti, a través de su película El gatopardo, narró una maravillosa crítica sobre la sociedad italiana, invitando a participar como extras a herederos de las familias decadentes que criticaba. Cuarón, de igual manera, invitó a actuar a su película a habitantes de las Lomas de Chapultepec y de otros barrios ricos, pero sin la necesaria ironía, la crítica y el ridículo necesarios como sí lo hizo Visconti.

El hecho de que varios críticos aplaudan esta apología sobre el apartheid mexicano revela el esfuerzo que queda por hacer para desmantelar estos abusos sociales. También demuestra lo daltónica e hipócrita de una parte de la sociedad que, al parecer, no ha hecho una introspección crítica.

Queda claro con Roma que a Cuarón, por muy talentoso que sea, le falta mucho para llegar a ser un personaje tan virtuoso como lo fue Luchino Visconti.

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