Hay que recordar que recientemente la zona euro estuvo luchando por no caer en la deflación y que hoy los estímulos monetarios del Banco Central Europeo buscan precisamente incentivar la demanda agregada de la economía con el propósito de que la inflación retome una tendencia creciente.

Sin embargo, las condiciones inflacionarias no siempre fueron así en Alemania, donde en el pasado se registraron historias de hiperinflación, como en otras partes del mundo.

El fenómeno de la hiperinflación se presenta cuando hay un continuo incremento de la cantidad de dinero en una economía sin que a este circulante le corresponda un crecimiento económico que justifique dicho circulante.

Pero la hiperinflación tiene que ver también con la propensión de los consumidores a gastar el dinero que llega a sus manos; este deseo de gastar más y más obedece a múltiples factores.

Uno de los aspectos más relevantes que contribuye a detonar la escalada de los precios es la expectativa de los agentes económicos de que el dinero tendrá un menor valor al día siguiente, es decir, que el poder adquisitivo del dinero disminuirá, lo que potencia el circulo vicioso.

En la medida en que se materializan esas expectativas, los precios aumentan día con día, incrementándose la velocidad de circulación del dinero y generando presiones inflacionarias que se disparan exponencialmente. Los efectos de la hiperinflación son enormes para la población de un país que ve cómo sus salarios cada vez valen menos, su poder para adquirir los satisfactores básicos se colapsa y esto da origen a una severa recesión económica.

A la drástica caída de la actividad económica se suma el creciente nivel de desempleo, lo que a su vez se ve reflejado en una caída del consumo y una adicional disminución de la actividad económica, perpetuándose de esta forma el círculo vicioso que suele terminar en descontento social.

Romper este círculo vicioso es muy complicado, no sólo porque el origen puede ser multifactorial sino porque el componente más importante en la estabilidad de precios se ha perdido. Efectivamente, los consumidores han perdido la confianza en las autoridades financieras, en la moneda, en las medidas estabilizadoras y, en general, en la economía.

Cuando se quiere acabar con la hiperinflación, los gobiernos tienen que tomar medidas drásticas que rompan con el pasado, así como generar expectativas de que las cosas van a cambiar; es decir, tienen que inyectar confianza en los agentes económicos a través de medidas que se perciban serías y alcanzables, así como a través del establecimiento de metas y objetivos que efectivamente se logren, de manera tal que, con el paso del tiempo y con logros tangibles, se restablezca lo más preciado para un hacedor de política económica, la confianza.

Cuando se titubea en la aspiración de reestablecer los equilibrios macroeconómicos, particularmente la inflación, se corre el grave riego de que las distorsiones terminen orillando a ceder, incluso, la soberanía de la política monetaria a un tercer país que cuente con una moneda dura que provea de mayor estabilidad.

En el mundo, son múltiples los ejemplos de hiperinflación y, aunque parezca un problema superado, aún se pueden encontrar países que registran variaciones de precios que parecen salidas de cuentos de terror y que, si bien parecen incluso ridículas e inverosímiles, son reales y sin atisbos de solución.

El caso más impresionante de hiperinflación registrado en la historia económica del mundo es el de Hungría entre 1945 y 1946, cuando se llegó a observar en el momento más complicado del fenómeno inflacionario, una inflación diaria de 200% y una tasa mensual de 14 billones por ciento. El crecimiento explosivo de los precios se debió a los efectos de la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial, que se vieron reflejados en la destrucción de la mitad de su capacidad productiva, lo que resultó en un fuerte desabasto.

Alemania también vivió una de las más tremendas hiperinflaciones de la historia. La entonces llamada República de Weimar financió su participación en la Primera Guerra Mundial con deuda. Tras el enfrentamiento bélico y resultar vencido, el país germano fue obligado a pagar las reparaciones de sus incursiones en otros países.

Cuando Alemania decide declarase en moratoria en 1923, Bélgica y Francia acuerdan entrar a territorio alemán y lo obligan a pagar sus adeudos, no con dinero, sino con la aportación de materias primas, lo que causó un gran descalabro a la economía, que registró ese año una inflación de 29,500 por ciento. En 1923, un dólar americano equivalía a 80,000 millones de marcos alemanes.

En la actualidad, Zimbabwe es el único país que enfrenta un dramático proceso de hiperinflación en el mundo. Este país africano tiene como raíz de su proceso inflacionario una guerra civil que ha devastado, a lo largo de los últimos años, prácticamente todos los factores de la producción de la nación.

El gobierno de Zimbabwe anunció el año pasado la creación de billetes de 100,000 millones de dólares, que equivalen a 1 dólar estadounidense. La inflación mensual más alta que se ha registrado fue de 79,600 millones por ciento y la tasa de desempleo es actualmente de 96%, es decir, de los 12 millones de personas, 11.5 millones no tienen empleo, no hay alimento, ni mercancías y se vive una terrible epidemia de cólera.

De acuerdo con el Inegi, la variación de los precios en México durante mayo es de -0.45% y la inflación anual se ubicó en 2.6 por ciento. Más allá del análisis puntual que se hace, y que para algunos arroja elementos de preocupación , me parece que se ha hecho un excelente trabajo por parte de las autoridades financieras y que, gracias a esto, la inflación en nuestro país es una prueba superada.

*El autor es director de Asset Management en Monex Grupo Financiero.

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