singapur. El presidente Donald Trump concluyó una cumbre histórica con el líder norcoreano Kim Jong-un, trazando un camino próspero para la nación aislada tras casi siete décadas de tensa enemistad.

Durante casi cinco horas en el retirado y opulento hotel Capella, en la isla Sentosa, Trump y Kim trataron de establecer lo que el presidente llamó “un vínculo muy especial” a través de reuniones íntimas, incluido un paseo que culminó con Trump mostrando a Kim el interior de su limusina cadillac de 9 toneladas a prueba de balas y bombas.

Más tarde, los dos se sentaron uno al lado del otro para firmar una declaración conjunta  que contempla cuatro puntos con fórmulas tan vagas como el “compromiso común a trabajar por la completa desnuclearización de la península” y otras declaraciones similares, pero no aporta ni detalles ni un calendario para la buscada desnuclearización de Pyongyang.

El líder norcoreano, por su parte, aseguró que “el mundo verá un gran cambio” y que él y Trump “dejaron el pasado atrás”, un pasado de tensiones fuertes y amenazas recríprocas de alto calibre.

Kim no hizo ningún compromiso específico para renunciar a sus armas nucleares y misiles balísticos y no dio un plazo para hacerlo. Por el contrario, se comprometió únicamente a cumplir con un acuerdo en su mayoría simbólico.

El mejor espectáculo de la cumbre llegó en la rueda de prensa posterior. Trump compareció sin nada qué ofrecer a decenas de periodistas cargados de preguntas (5,000 periodistas fueron acreditados).

En un mensaje televisado, los dos mandatarios rubricaron esta declaración que Trump denominó “integral”.

Las intervenciones de ambos también fueron breves, no dieron muchos detalles y se desconoce si durante las horas en que ambas delegaciones estuvieron reunidas se acordaron pasos concretos o un cronograma de trabajo.

Las declaraciones llegaron desnudas de las garantías que los expertos reclamaban para evitar errores pasados.