Cuando Donald Trump se reúna con Vladimir Putin este viernes en Hamburgo, los dos presidentes deberán tener en sus mentes la insignia usada por la milicia de las Fuerzas Democráticas Sirias, principal aliado de Estados Unidos en la región.

El río Éufrates marca la línea divisoria entre el régimen sirio apoyado por Rusia (al oeste) y el de la milicia de las Fuerzas Democráticas Sirias, apoyadas por EU.

En las últimas semanas, Rusia y Estados Unidos negociaron un ajuste útil de la línea, creando un arco de 80 millas que se extiende hacia el sur, con el objetivo prometedor de cercar y eliminar al Estado Islámico de la que consideran su capital, Raqa.

Lo que Trump y Putin deberían discutir en la cumbre del G-20 es si este acuerdo sobre la línea de separación es un modelo para generar una cooperación más amplia entre sus países en Siria. El esfuerzo vale la pena no sólo para derrotar definitivamente al Estado Islámico, también para ayudar a Siria a reconstruirse.

Si así ocurriera, la paradoja a debatir sería una legitimación de facto por parte de Estados Unidos a la unificación de Crimea por parte de Rusia y también de la injerencia a las elecciones presidenciales.

En contra de estos aspectos sólo hay un argumento positivo: trabajar con Rusia puede ser la única forma de reducir el nivel de violencia en Siria y crear una base para una nación más tranquila y descentralizada que eventualmente pueda recuperarse de su trágica guerra.

Se dice que el secretario de Estado, Rex Tillerson, y el secretario de Defensa, Jim Mattis, están a favor de explorar opciones con Rusia.

Vale la pena.