Río de Janeiro.- Un poco más allá, el delfinesco Michael Phelps se desliza a través de otro momento histórico. Por aquí, una favela ruinosa y solitaria prácticamente se apoya en el Parque Olímpico, donde Phelps nada. Poco más allá, Simone Biles, hace una voltereta impresionante. Por aquí, las luces del estadio brillan en una capa dura llena de cicatrices que solía ser un pueblo de pescadores, antes de que fuera demolido para dejar espacio para los Juegos de Río.

Poco más allá, el Centro Internacional de Transmisiones se eleva como un monolito, mientras que aquí se proyecta su sombra sobre el techo de hoja de metal de la favela de la familia Delmo de Oliveira, que se encuentra justo enfrente del estacionamiento. Más allá, Katie Ledecky arremete a través del agua, pero aquí no hay ruido de la multitud, sólo un hombre joven tocando la guitarra para un puñado de residentes que se niegan a ser desalojados aun cuando han comenzado los Juegos. Poco más allá, los miembros del Comité Olímpico Internacional disfrutan de asientos de primera y cenas de 450 dólares por día, mientras el salario mínimo de Brasil es de 228 dólares al mes y nadie tiene boletos para los Juegos, a pesar de estar a 50 metros de distancia.

Si no querían que nos quedáramos aquí, no me imagino que nos vayan a invitar , dijo Maria Da Penha Macena.

El alcance del movimiento olímpico se ha convertido en una fuerza destructiva, impulsada por una burocracia cuya firma es la indiferencia y se puede ver justo fuera de las vallas del Parque Olímpico. Insisto, justo afuera. La favela Vila Autodromo fue una vez un barrio de clase trabajadora de 3,000 residentes que se levantaba alrededor de una laguna y el perímetro del parque.

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Ahora todo lo que queda es el asfalto del estacionamiento olímpico, la suciedad en bruto y 20 pequeñas casitas blancas utilitarias, construidas a regañadientes por la ciudad como una concesión a un núcleo de familias que se negaron a abandonar su hogar incluso cuando demolieron sus casas. Durante un tiempo, algunos de ellos vivieron en contenedores convertidos en refugios. En una de las nuevas casas del campo se puede ver un letrero en el que se lee: Museo de los desalojados .

La mayoría de las 800 familias que vivían ahí fueron persuadidas para mudarse. Pero no Da Penha, que una vez tuvo una casa de tres pisos con un jardín de árboles frutales. O Delmo de Oliveira, de 51 años, que ganó un requerimiento legal reñido que prohíbe que su favela sea derribada, aunque él no viva en ella nunca más. La ha dejado de pie, principalmente como un símbolo, dice.

Los Juegos Olímpicos no tiene nada que ver con nuestra historia , dijo al reportero de The Washington Post, Dom Phillips, que actuó como intérprete en las conversaciones con los residentes acerca de su batalla para salvar sus hogares.

Lo que hay que entender sobre de una favela es que, más a menudo que no, el abuelo de alguien colocó la planta baja hace 40 años, más o menos. Las generaciones nuevas construyen encima de las anteriores: De Oliveira construyó su casa en la parte superior de la de su madre. Las personas trabajan y ahorran durante años para tener el dinero necesario para comprar los ladrillos ocres, pequeños sacos de cemento y la chapa ondulada que utilizan para construir con sus propias manos. Lo que parece una chabola representa décadas de precioso trabajo.

Alrededor de un cuarto de la población de Río de Janeiro vive en favelas, que a pesar de su apariencia, tienen suelos de baldosas, plomería y electricidad, a veces desviados de la ciudad con una maraña de cables.

En el caso de De Oliveira, los cables y tuberías corren como vides por el lado de su casa, junto a una escalera de hierro corrugado que se eleva hasta el exterior.

Los residentes de Vila Autodromo estaban entre un estimado de 60,000 personas que perdieron sus hogares debido a los Juegos de Río, lo que también es parte de un esfuerzo mayor para convertir la zona de Barra di Tijuca en suburbios ricos con condominios. El promotor local, Carlos Carvalho, ha declarado sin rodeos que no hay lugar para los pobres aquí. Hay cosas que no van a pasar , dijo a la BBC Brasil. Las excavadoras y bulldozers entraron y empezaron arrancando la mampostería y levantando el metal. Los residentes dicen que fueron presionados, intimidados, incluso amenazados.

Estábamos siendo tragados , dijo De Oliveira.

En un momento a Da Penha le ofrecieron 600,000 dólares por la casa de tres pisos donde vivió con su marido, su madre e hijos durante más de 20 años.

Ella lo rechazó y se convirtió en una líder activista local que llevó su lucha hasta el Comité Olímpico Internacional y las Naciones Unidas. La policía de la ciudad le rompió la nariz durante una pelea, cuando los residentes intentaron formar una línea de contingencia contra la demolición. Su casa fue finalmente derribada en marzo; ella y su familia residen ahora en una de las cabañas blancas sin ningún vestigio del pasado, las cajas con sus pertenencias aún apiladas en una pequeña sala de estar.

Los anillos olímpicos, comenta, se supone que son un emblema de la unidad. Pero eso es sólo una palabra , dijo sentada en la iglesia local, rodeada de bolsas con sobrantes de yeso y azulejos. En la práctica no es para todo el mundo. Esta palabra ‘unidad’ no es lo que pasó. Destruyeron mi comunidad y distanciaron a las personas. Entonces, ¿dónde está esa unidad? (...) Yo no entiendo cuando dicen que el deporte es bueno . Mientras que otras casas estaban siendo derribadas, la obstinación de De Oliveira fue en aumento. Su negocio fue demolido, por lo cual recibió una compensación de 225,000 dólares, pero no le ofrecieron nada por su casa. Se interpuso un fallo de último minuto de un juez para la preservación de la casa y se pegó el aviso legal en una de las ventanas, pero de pronto la electricidad fue cortada.

Empecé a recibir visitas no deseadas , dijo. La gente decía que debería aceptar la oferta o me iría mal. Me aconsejaron que no me quedara aquí o me iría de este mundo al otro .

Por pura contrariedad, decidió reconstruir la casa. Mientras que otras viviendas se iban abajo, la suya se levantó. Comenzó la construcción de una tercera planta y se montaba en las vigas de acero, en el caso de que las excavadoras vinieran contra los dos pisos inferiores.

Fue satisfactorio, pero no era una solución. Mi vida ha sido totalmente deshecha , dice. Las cabañas son un paliativo, pero no curan la herida. No pude salvar a mi comunidad , explicó. No se puede llamar comunidad a 20 casas .

El pequeño barrio de la favela es una conquista poco probable. Todavía está aquí. Y está a la vista. Los turistas con cámaras, medios de todo el mundo y funcionarios del Comité Olímpico Internacional deben pasar todos los días por ahí para cruzar las puertas. Es un recordatorio de lo que los Juegos Olímpicos deberían ser y de lo que no lo son.

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Cada vez que se elige una sede olímpica, el Comité Olímpico Internacional proporciona una lista de los mandatos y demandas a cumplir. Con demasiada frecuencia, los resultados son los desalojos forzosos. No está claro si los funcionarios del comité son capaces de sentir vergüenza, pero si así fuera, verían a los antiguos residentes de Vila Autodromo y se sentirían lo suficientemente incómodos para modificar la Carta Olímpica e incluir el respeto de los barrios tradicionales. Los activistas de aquí no pudieron salvar su comunidad, pero si pueden conseguir que el mundo desvíe su mirada un poco durante estas dos semanas, tal vez se pueden salvar a la siguiente.

Sally Jenkins es columnista deportiva para The Washington Post.