DESPUÉS DE casi 40 primarias, Mitt Romney tiene más del doble de delegados que Rick Santorum, más de cuatro veces que Newt Gingrich y el conteo de Ron Paul es apenas representativo; entonces, ¿por qué sigue siendo ésta una carrera de cuatro hombres?

Parte de la respuesta radica en el hecho de que las decisiones de abandonar la carrera presidencial tienen poco que ver con los votantes y los delegados, y todo que ver con lo que pasa por la cabeza de un candidato. Permanecer en donde no hay esperanza de ganar puede convertirse en la búsqueda de un premio de consolación, como una futura designación en el gabinete. Pero una batalla perdida también refleja la tendencia de los seres humanos a jugársela sin importar las probabilidades. También se trata de luchar por su reputación. ¿A quién le gustaría ser considerado como un candidato presidencial que falló?

Claramente Santorum no lo quiere. Después de sus derrotas del martes ante Romney en el Distrito de Columbia, Maryland y Wisconsin, evocó el caso de la altamente improbable candidatura por la nominación republicana de Ronald Reagan en 1976, quien perdió casi todas primarias iniciales. Ganó solamente una hasta mayo... Todo el mundo le dijo que renunciara a la carrera , manifestó Santorum durante un discurso en Pensilvania. Hay una persona que entendió que no se gana con llegar sólo a la mitad .

Reagan perdió la nominación contra Gerald Ford, pero Santorum convenientemente pasó por alto ese hecho, y se centró en la idea de que todavía podría tener una oportunidad.

Los economistas conductuales Daniel Kahneman y Amos Tversky descubrieron que cuando un individuo se enfrenta a una elección entre un fracaso seguro y una apuesta, siempre se irá por la opción más arriesgada en vez de conformarse con la derrota.

Para Santorum y Gingrich, una derrota sería muy notoria. Cuando uno es el nuevo candidato basa su entusiasmo en las posibilidades; sin embargo, cuando las urnas se vuelven en contra, el miedo al fracaso comienza a pesar más. Pese a todo, el estigma de perder es casi imposible de sacudir. Por ejemplo, un titular del Los Angeles Times el verano pasado anunciaba: El candidato presidencial perdedor, Al Gore, ataca al candidato vencedor, Barack Obama, por sus políticas ambientales . La historia no tenía nada que ver con la campaña; sin embargo, Gore seguía siendo calificado como un perdedor.

Es demasiado tarde para que Santorum y Gingrich eviten el fracaso, pero si de forma voluntaria ponen fin a sus campañas, se pondrán directamente en la posición perdedores.