¿Un levantamiento? ¿Un intento de golpe? A medida que los medios de comunicación analizaban la semántica apropiada, los venezolanos de todo el mundo abrían Twitter para tratar de averiguar qué estaba sucediendo en realidad.

Lo que sabemos con certeza es que la mañana del martes surgió un video en el que aparecían los dos líderes de la oposición de mayor perfil cerca de una base de la fuerza aérea de Caracas, y en donde aseguraban que la etapa final de una operación para restaurar la libertad de Venezuela estaba en marcha.

A partir de ese momento, la jornada se convirtió en una oleada de rumores y de desinformación en el ciberespacio, con periodistas que se sometían a una batalla por confirmar los sucesos.

Guaidó dijo que era el momento de que los venezolanos recuperaran la democracia de una vez por todas. Pero a medida que pasaban las horas, el líder opositor, considerado como presidente interino por 50 países, se quedó solo en un paso elevado sobre una autopista de Caracas con el mismo pequeño cuadro de soldados con los que lanzó el audaz esfuerzo de provocar un alzamiento militar para resolver la agonizante lucha por el poder en Venezuela.

Lo que pudimos intuir al paso de las horas es que las deserciones militares contra el régimen parecen no haberse materializado. Cerca de una docena de soldados que aparentemente habían participado en el levantamiento durante la mañana buscaba asilo en embajadas extranjeras al anochecer.

Tras una jornada de violentas protestas en el este de Caracas que dejaron al menos 78 heridos, las calles de la capital venezolana amanecieron el miércoles totalmente desoladas con restos de escombros quemados, postes de luz atravesados en medio de algunas vías y la mayoría de los comercios cerrada.

El país parecía atrapado en una sensación generalizada de crisis; la televisión estatal mostraba videos de propaganda en un bucle mientras que las emisoras privadas, pero con dueños cercanos a Maduro, optaron por el entretenimiento ligero: programas de entrenamiento, astrología y deportes.

Tiempo atrás, la maquinaria censora ya había sacado del aire muchos canales de noticias extranjeros en español, pero el martes agregaron a la lista las emisoras en inglés de CNN International y BBC World.

Decidido a controlar la narrativa mediática, el gobierno instaló un día de campo para los teóricos de la conspiración del ciberespacio, para los promotores de rumores y para los vendedores ambulantes de desinformación.

Nadie, en realidad, sabía realmente lo que estaba pasando.

Oposición superada

Como en anteriores intentos de derrocar al presidente Nicolás Maduro, la oposición pareció verse superada de nuevo el martes. Lo que Guaidó bautizó como Operación Libertad provocó un patrón ya conocido: las fuerzas de seguridad emplearon tácticas represivas para aplastar a pequeños grupos de jóvenes que arrojaban piedras mientras millones de venezolanos seguían el drama con una mezcla de miedo y exasperación.

Las esperanzas opositoras de dividir al gobierno no se materializaron, un avión que, según Estados Unidos, esperaba para llevar a Maduro al exilio nunca despegó y, por la noche, Leopoldo López, que desafió su arresto domiciliario para unirse a la insurrección, se refugió con su familia en una embajada extranjera.

Guaidó, el joven líder de la opositora Asamblea Nacional al que Estados Unidos y más de 50 naciones reconocen como el presidente legítimo de Venezuela, presionó exhortando a una nueva ronda de protestas callejeras masivas para el día después. Las fuerzas de la oposición esperan que los venezolanos enojados por las imágenes en las que vehículos blindados trataban de atropellar a manifestantes y hartos de la grave crisis humanitaria llenen las calles en todo el país.

Horas antes del inicio de la movilización opositora, Guaidó llamó a los venezolanos a salir a las calles para continuar las acciones contra el gobierno. “Seguimos con más fuerza que nunca”, expresó el miércoles en un breve mensaje que difundió en su cuenta de Twitter.

En un golpe para Maduro, el jefe de la temida agencia de inteligencia anunció que retiraba su lealtad al asediado líder socialista.

“Debemos continuar con la presión”, manifestó Guaidó. “Estaremos en las calles”.

Duro examen para Maduro

El último capítulo de la crisis venezolana es además la amenaza más seria hasta la fecha al cuestionado mandato de Maduro. El líder, que ha contado en el apoyo de Rusia y China, estuvo ausente durante buena parte del martes y apareció a última hora de la noche para calificar el levantamiento de fracasado intento de golpe de Estado respaldado por Washington.

Hablando en la televisora estatal, Maduro dijo que los disturbios fueron sofocados y que Caracas no sucumbirá al intento de las fuerzas de derecha de “someter” a la nación a un modelo de “dominación económica neocolonial”.

El mandatario afirmó que ahora podía verse a un país “en gran parte en paz”.

El alzamiento podría obligar a Maduro a tomar una decisión sobre el destino de Guaidó, explicó Giancarlo Morelli, del grupo de análisis británico Economist Intelligence Unit, agregando que el socialista enfrentará peligros sea cual fuere el camino que tome.

“No detener al señor Guaidó podría percibirse como un importante síntoma de debilidad en el señor Maduro”, expuso Morelli. “Pero al arrestar al señor Guaidó se arriesga a una fuerte reacción de Estados Unidos”.

La lucha por consolidar el poder derivó en uno de los días más sorprendentes hasta la fecha en un país que, pese a tener la mayor reserva conocida de petróleo del mundo, enfrenta una crisis económica peor que la Gran Depresión estadounidense.

El poder geoestratégico

Sabemos con certeza que, a medida que el estado venezolano se debilita, la lucha por el poder en Caracas se vincula más a una batalla de potencias extranjeras. La oposición depende cada vez más de los Estados Unidos, Colombia y Brasil, mientras que el régimen de maduro depende cada vez más de Cuba, Rusia, Irán y Turquía.

El mismo martes, el secretario de Estado Mike Pompeo dijo a CNN que Maduro había estado listo para huir del país hasta que Rusia lo convenció de lo contrario. Ya sea que esa historia sea cierta, apunta a una verdad más profunda: el resultado de la crisis de Venezuela tiene cada vez más que ver con lo que sucede en Washington y Moscú, y cada vez menos que ver con lo que sucede en Caracas.

Sabemos con certeza que el descontento en las fuerzas de seguridad de Maduro es profundo y encubierto por una capa delgada del temor que provocaría una revuelta. Miles de soldados venezolanos han desertado en los últimos años, la mayoría simplemente caminando por la frontera con Colombia, y miles más se encuentran atrapados en un aparato represivo que ni siquiera les paga lo suficiente para alimentar a sus familias.