Uno de los aspectos más confusos y extraños del fiasco de la flotilla humanitaria es la cualidad de indiferencia en la respuesta de Israel. Horas después del ataque contra una embarcación de ayuda que iba a Gaza, mientras los muertos y heridos eran rescatados, el viceministro de Relaciones Exteriores lanzó una andanada que se convirtió en la postura del país: Los organizadores son simpatizantes de los terroristas, entramparon a las fuerzas israelíes y son responsables de lo que ocurrió después.

Aun un comunicador efectivo como el primer Ministro, Benjamín Netanyahu, en un discurso que lo mismo atacó a los críticos de Israel como defendió las acciones de su país, tuvo sólo breves palabras para lamentar las bajas civiles.

Hasta para sus amigos, Israel ha resultado insensible. ¿Dónde están el dolor y tristeza que debiera sentir tras una operación militar malograda? El filósofo francés Bernard-Henri Levy expresó su ira por la tendencia de ciertos líderes israelíes de creer: Están solos en el mundo y siempre serán culpados y de actuar en consecuencia .

Los amigos de Israel saben que el país debe defender el caso. Pero al atrincherarse en autojustificación, Israel ha hecho el tema más confuso. El jurado de la opinión pública mundial, con al menos tantos amigos como enemigos, ya dejó de escuchar. En la ONU, orador tras orador condenó la acción. Hasta EU se unió a la condena. Editorialistas tradicionalmente pro-Israel se agregaron al coro de ostracismo.

Israel se percibe a sí mismo como una fortaleza sitiada. Es cierto que ha enfrentado repetidas amenazas a su seguridad y existencia. Es real el aforismo que escuché repetidamente como Embajador: Israel se duerme con recuerdos del Holocausto y se despierta con el conflicto árabe-israelí. En ese contexto, su poderío militar es una respuesta necesaria para que David pueda enfrentar al Goliat árabe.

Aunque la guerra de 1967 cambió esta realidad, la narrativa de Israel nunca se actualizó. La superioridad militar y lazos más estrechos con EU le dieron una seguridad sin precedente. El mandatario egipcio, Anwar Sadat, fue el primer líder árabe en reconocer la nueva realidad estratégica y en 1979 firmó la paz con Israel.

En los años siguientes, con ataques y contraataques intermitentes, el conflicto árabe-israelí evolucionó hasta convertirse en un escenario de guerra lleno de complejidades, ironías y paradojas. A principios del milenio, el primer ministro Ariel Sharon fijó la postura: Israel está justificado en cualquier tipo de operación militar. Además, nunca se disculpará por tener que defenderse. Tras cada ataque terrorista en Tel Aviv, Sharon cerraba el acceso a Gaza.

Una década después, Netanyahu reforzó la estrategia. Tras la sangrienta guerra en Líbano en el 2006, la victoria electoral de Hamas ese mismo año, y su violenta ocupación de Gaza en el 2007, Israel cerró todo acceso a Gaza tratando de evitar el flujo de armamento a Hamas. Pero al agravarse las condiciones humanitarias en Gaza, Israel había perdido el apoyo de la comunidad internacional.

Pero los países soberanos no pueden aislarse. Cuando cometen errores, se deben disculpar. Tienen derecho a defender a su pueblo, pero también deben adoptar valores diplomáticos de empatía y comprensión. Israel haría bien en aprender a combinar su poderío militar con empatía con la causa humanitaria en Gaza, de la misma forma que se muestra solidario con causas humanitarias en otras partes del mundo.

*Kurtzer fue Embajador de Washington en Israel y Egipto,y es catedrático visitante de la Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Princeton.