Una noche del pasado mes de abril, una semana antes de que la oposición de Venezuela lanzara un levantamiento, cuatro hombres se sentaron en una terraza de la mansión del presidente de la Corte Suprema del país ubicada sobre una colina en Caracas.

Las tenues luces de la capital brillaban debajo de ellos; bebían agua embotellada de Fiji mientras planeaban el derrocamiento del presidente Nicolás Maduro.

El jefe de inteligencia de Maduro, el general Cristopher Figuera, y César Omaña, un empresario venezolano de 39 años que radica en Miami, intentaban cerrar un acuerdo elaborado durante semanas con Maikel Moreno, el presidente de la Corte, de acuerdo con la versión de uno de los participantes en esa reunión.

Figuera y Omaña eran fundamentales dentro del operativo, pero sabían que necesitaban de la colaboración de Moreno para cerrar el acuerdo.

Moreno, sentado frente a un cenicero atiborrado de colillas de cigarros cubanos, parecía tener dudas. El jurista de 53 años expresó su preocupación por Juan Guaidó, el líder de la oposición respaldado por Estados Unidos que se convertiría en el presidente interino de la nación si la conspiración hubiera tenido éxito.

Luego, según uno de los participantes, Moreno ofreció otro candidato para liderar temporalmente al país quebrantado: él mismo.

“Al final, estaba tratando de salvaguardar su propio juego de poder”, expresó una de las principales figuras de la oposición.

Este texto se nutre de varias horas de entrevistas con tres personas familiarizadas con el intento del golpe: un participante, un alto funcionario de la oposición y un funcionario de los Estados Unidos.

La narración revela los errores que impidieron la salida de Maduro del Palacio de Miraflores. Las tres personas que hablaron bajo condición de anonimato manifestaron que la trémula promesa de Moreno de cooperar en el operativo y, posteriormente, su paso atrás desempeñó un papel crucial en el colapso del plan.

Se reactiva la incertidumbre

El fracaso del operativo ha hecho que regrese la incertidumbre entre la oposición que lleva varios meses intentando sacar a Maduro.

Juan Guaidó apareció por sorpresa en la madrugada del 30 de abril, en una base aérea en Caracas, acompañado por un grupo de militares. Anunció que contaba con el apoyo de unidades militares clave y solicitó a las fuerzas armadas que se unieran en la “fase final” de la campaña contra el hombre fuerte.

Pero el apoyo militar más amplio nunca se materializó y las fuerzas de Maduro se movieron contra los manifestantes de la oposición, matando al menos a cuatro e hiriendo a decenas.

Algunos funcionarios estadounidenses mantienen la idea de que Maduro debe de dejar el poder; sin embargo, ahora aseguran que probablemente llevará más tiempo de lo que creían.

Mientras tanto, el presidente Trump ha expresado su frustración por la estrategia de su gobierno, quejándose de que se le ha engañado sobre lo fácil que sería remplazar a Maduro por Guaidó, según funcionarios de la administración y asesores de la Casa Blanca.

Moreno, una palanca

Los conspiradores pensaban que con la ayuda de Moreno se movería una vital palanca para influir en los militares el cambio de apoyo a Guaidó.

Maikel Moreno, un exoficial de inteligencia convertido en abogado, es dibujado como un pescador que busca sus propias ambiciones de poder.

El secretario de Estado, Mike Pompeo, nombró públicamente a Moreno como uno de los principales leales en las conversaciones para enfrentar a Maduro.

Maikel Moreno, a través de un vocero, no respondió una solicitud que le hizo The Washington Post para conocer sus propios comentarios. Horas después del 30 de abril condenó públicamente el complot contra Maduro y el tribunal que dirige emitió cargos, incluida la traición, contra figuras de la oposición involucradas en el intento de derrocamiento.

Maduro no ha tomado ninguna decisión púbica en contra de Moreno ni de ningún otro cercano de alto rango que, según Estados Unidos, conspiraron en contra de él.

Escenarios

Los analistas ven dos posibles razones por las que Maduro no ha hecho nada: o los leales estaban fingiendo interés en derrocar a Maduro para conocer los detalles del complot, o Maduro es demasiado débil para actuar en contra funcionarios de alto rango.

Uno de los participantes de la reunión recordó que Figuera, Omaña y Moreno se reunieron alrededor de las 11 de la noche del 23 de abril en la mansión de Moreno, en el barrio Alto Hatillo de Caracas.

La noche del 23 de abril, Moreno, aunque simpatizaba con el objetivo de la oposición, parecía ansioso y dudoso.

Él ya había tenido comunicación con un contacto de los Estados Unidos y con figuras de la oposición que viven en el exilio. Sin embargo, esa noche, se quejó de que si el plan fallaba, podría verse obligado a abandonar el país para ir a Estados Unidos y “terminar con las maletas de mi esposa en Walmart”.

Planteó sobre Guaidó: “¿Por qué Guaidó? ¿Por qué él?”

Moreno daba un paso atrás.

29 de abril, el día clave

El plan apuntaba a la noche del 29 de abril como clave porque el Tribunal Supremo retiraría el reconocimiento legal a la Asamblea Constituyente de Maduro, una de las fuentes clave de su poder, y el estado de los presos políticos sería revisado.

“La magnitud del daño social causado a la sociedad venezolana dada la violación de (las garantías democráticas) y los principios constitucionales es inconmensurable”, declararía Moreno.

Como han venido diciendo los opositores, no se trataba de un golpe de Estado sino de una serie de declaraciones oficiales que terminarían por destituir a Maduro sin que se disparara una sola bala.

Moreno dudó. Quería encabezar un gobierno de transición en lugar de Guaidó.