Hay un video y diversas infografías circulando en Internet que nos comparten historias de éxito sorprendentes: Netflix (1997) mandó a la quiebra a casi todos los videoclubes; Booking (1996) tiene en jaque a las empresas de turismo; Google (1998) inutilizó a las páginas amarillas; Airbnb (2008) está amenazando al sector hotelero, mientras que Whatsapp (2009) hace lo propio con operadores de telefonía fija y celular. Las redes sociales (Facebook 2004, Twitter 2006) han sacudido fuertemente a los medios de comunicación y Uber (2009) a los taxistas, Alibaba (1999) y Amazon (1994) son el temor del comercio minorista e incluso de grandes empresas departamentales.

Incluí sus fechas de fundación para dejar en claro que ninguna de estas empresas tiene más de 25 años de existencia. Algunas de ellas incluso sólo tienen 10 años en el mercado. Todas ellas poseen características similares: son compañías jóvenes, nacieron como startups (no del sector empresarial), son disruptivas y/o innovadoras, y su éxito surge de la manera en la que transformaron diversas industrias gracias a plataformas tecnológicas, para crecer y competir más efectivamente en las economías nacionales y globales.

Emulando un conocido comercial de un fabricante de camionetas: “¿y los abogados apá?” ¿Qué hemos hecho diferente los abogados en estos últimos 25, 20 o 10 años? ¡Usamos Whatsapp y redes sociales! Tremendo logro.

Cuando va a tomar una clase de posgrado o a una junta con clientes, ¿usted lleva una libreta y una pluma para tomar nota? Cuando quiere comunicar algo a sus clientes, ¿le dicta a su asistente el mensaje para luego pasárselo “al de sistemas” para que lo publique en sus redes sociales? Cuando quiere saber qué es bitcoin o blockchain, ¿le pide a un Millennial de su oficina que lo investigue y le prepare un reporte? Cuando le piden que dicte una conferencia, ¿busca a alguien joven en la oficina que le prepare un power point? Si contestó afirmativamente a cualquiera de las anteriores preguntas, lamento informarle que usted sigue viviendo en el siglo XX.

Estimo que más de 95% de los abogados en México se encuentran anquilosados. Se sienten cómodos en el mundo del papel y de la tinta. Les resulta gratificante turnar cualquier asunto tecnológico a sus pasantes o asistentes. Casi todas las empresas disruptivas tienen éxito porque se convierten en un tsunami que arrolla a las empresas y sectores tradicionales que no se preocupan por salirse de su zona de confort.

Abogado, si sigue hibernando, en poco tiempo su trabajo podría ser amenazado o incluso substituido por abogados jóvenes, o peor aún, por máquinas programadas para automatizar muchas de sus tareas cotidianas. Es tiempo de sacudirse esas décadas de aletargamiento.

Tenemos que aprender que, para seguir siendo competitivos en un mercado eminentemente dominado por la constante evolución tecnológica, necesitamos hacer dos cosas: transformar digitalmente nuestra práctica profesional e innovar la manera en la que brindamos nuestros servicios.

Suele definirse la transformación digital como el proceso mediante el cual empresas y despachos reorganizan sus métodos de trabajo, aprovechando e implementando nuevas tecnologías para obtener beneficios al ejecutar actividades de manera más precisa, rápida y eficiente. La digitalización de su despacho no es sinónimo de trabajar en la nube y tener una página de Internet llamativa. Se trata de cambiar procesos y actividades adoptando herramientas digitales, transformar la cultura de trabajo y formar digitalmente a las personas.

A todo lo anterior hay que sumarle un componente esencial: la innovación. Tenemos que aprender a pensar diferente. No sólo nuestros servicios pueden brindarse de manera innovadora. Podemos ofrecer servicios no tradicionales de un despacho de abogados e incluso podemos transformar algunos de nuestros servicios en productos. El límite es su imaginación.