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Por qué tomamos peores decisiones cuando la mente se cansa

Raúl Martínez Solares | Economía conductual
“Una «ley del menor esfuerzo» general se aplica tanto al esfuerzo cognitivo como al físico”. Daniel Kahneman, premio Nobel de economía.
Al final de un día de trabajo o de actividad intensa, los seres humanos frecuentemente experimentamos la misma sensación: por más importante que sea la tarea que aún tenemos pendiente, nuestra mente y nuestra voluntad se resisten a emprenderla. Ya sea que pospongamos una decisión difícil o que evitemos una conversación complicada, en la mayoría de los casos optamos por lo más sencillo, aunque, en la práctica, ello implique renunciar a un beneficio mayor por emprender la tarea o tomar una decisión.
Esta “fatiga mental” es un fenómeno cotidiano del que rara vez tenemos conciencia de sus consecuencias, pero la evidencia científica sugiere que ese cansancio no solo nos vuelve menos productivos (y decisivos), sino que afecta de manera sistemática la forma en que valoramos nuestro propio esfuerzo, lo que repercute en la calidad de nuestras decisiones económicas.
Desde una perspectiva de economía conductual, cuando decidimos si vale la pena emprender una tarea o tomar una decisión, nuestro cerebro realiza casi automáticamente un cálculo de costo-beneficio en el que compara la posible recompensa esperada con el esfuerzo que percibimos que debemos invertir para obtenerla. El esfuerzo tiene así un costo subjetivo (consciente o inconsciente) que ponderamos antes de actuar.
Por ello, una pregunta relevante para entender este proceso es qué ocurre con ese costo cuando la mente está fatigada y cómo se modifica el punto en el que dejamos de considerar que una recompensa futura potencial justifica el esfuerzo requerido de inmediato.
En el estudio “The Neurobiology of Cognitive Fatigue and Its Influence on Effort-Based Choice”, de Steward, Looi y Chib, de la Universidad Johns Hopkins, publicado en The Journal of Neuroscience, se analizó mediante es uso de resonancia magnética funcional, la actividad cerebral de un grupo de participantes mientras decidía si aceptaban ejercer un esfuerzo mental, a cambio de una recompensa monetaria, antes y después de someterse a tareas cognitivas agotadoras.
El propósito era identificar el mecanismo neurobiológico mediante el cual la fatiga influye en las decisiones que requieren esfuerzo. La conclusión a la que llegaron es que, cuando las personas se encontraban cognitivamente fatigadas, se volvían más proclives a rechazar las opciones que ofrecían mayores recompensas si estas exigían un esfuerzo más elevado, prefiriendo la alternativa “cómoda” de menor esfuerzo y menor beneficio potencial.
Este cambio de conducta no se explicaba por un deterioro de la capacidad de desempeño, sino por una modificación en la manera en que su cerebro valoraba el esfuerzo. La fatiga no nos vuelve menos capaces, sino que, a nuestros ojos, encarece el precio de esforzarnos.
Al analizar las áreas del cerebro que se activan con este fenómeno, quedó claro que la fatiga cognitiva no es por falta de voluntad ni por pereza, sino el resultado de un estado biológico que cambia el cálculo de costo y beneficio en nuestras decisiones.
Las implicaciones de esto son relevantes. Si el agotamiento mental eleva de forma predecible el costo percibido del esfuerzo, entonces la calidad de nuestras decisiones se degrada conforme avanza una jornada extenuante, en un proceso que las investigaciones describen como “fatiga de decisión” y que afecta lo mismo a un médico que atiende su última consulta del día, a un juez que resuelve su último caso del día o a cualquier persona que decide, al finalizar el día sobre sus finanzas personales.
En el caso de México, estas conclusiones adquieren relevancia si consideramos que, de acuerdo con la OCDE, nuestro país es el que más horas trabaja de todos los países miembros de la organización, con cerca de 2,300 horas anuales por persona ocupada; frente a un promedio cercano a las 1,700 horas, casi 600 horas adicionales al año. Y, sin embargo, México figura también de manera consistente entre los países con menor producción por hora trabajada.
Si aplicamos los hallazgos del estudio a estos datos, parecería evidente que más horas de trabajo no se traducen automáticamente en más ni en mejores resultados, porque la fatiga acumulada encarece el esfuerzo, deteriora la calidad de las decisiones y disminuye la productividad.
Esta visión no está presente en la discusión sobre la reforma para reducir gradualmente la jornada laboral de 48 a 40 horas para 2030 y deberíamos considerar, además de los evidentes temas de bienestar, también los de racionalidad económica.
En lo individual, si reconocemos que el cansancio mental afecta negativamente nuestras decisiones, es fundamental cuidar el momento en que tomamos las decisiones más relevantes. Y a nivel institucional, también es necesario diseñar procesos institucionales, financieros y educativos que consideren los límites reales de la atención humana, en lugar de asumir una capacidad de esfuerzo constante e inagotable.
El reconocimiento de que el esfuerzo mental tiene un costo biológico debería llevarnos a repensar la forma en que organizamos el trabajo, protegemos el descanso y planificamos nuestras decisiones importantes.
No se trata de esforzarnos menos, sino de comprender que la mente, como cualquier recurso valioso, rinde mejor cuando se administra con inteligencia. Esto es fundamental en una sociedad como la nuestra, que aspira a elevar simultáneamente su productividad y el bienestar de su población.

