La primera señal que tuvo Violeta Quero de que estaba siendo violentada económicamente fue cuando su esposo le prohibió hacer las compras, alegando que ella no sabía cómo hacerlo y que gastaba mucho. Él, siendo economista y alguien mayor que ella, parecía tener razón: “Decía que lo hacía porque me quería, para que no me cansara, porque acababa de nacer mi segundo hijo, entonces le daba la razón”, recuerda.

Sin embargo, todo empezó a escalar: él comenzó a quedarse los ingresos que Violeta percibía en su trabajo para administrarlos, y condicionaba algunas compras necesarias para el hogar hasta el punto de llegar a la violencia sexual. “Para comprar un par de zapatos a mi hija primero me violaba; después aprendí que era violación: primero debía tener sexo aun llorando para que le pudiera comprar algo a mis hijos”.

La violencia económica puede pasar desapercibida debido a que no deja un rastro tan evidente como las agresiones físicas, pero tiene cifras alarmantes: 13.4 millones de mexicanas la han padecido en algún momento de su vida, es decir, 29% del total de mujeres de 15 años o más, según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2016.

Según Eufemia Basilio, investigadora del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se pueden distinguir dos variantes en este tipo de agresiones: la violencia económica y la patrimonial.

La primera se manifiesta “a través de limitaciones encaminadas a controlar las percepciones económicas de la víctima; puede ser a nivel familiar y también por percibir un menor salario por su condición de género, si hablamos a nivel laboral”.

Esto va de la mano de la violencia patrimonial, que va más enfocada al bien de la persona. “En este caso se da al ejercer un daño sobre el bien de la mujer o persona, quizá al vender su patrimonio, dañarlo, o privarla del derecho de tener documentos que son vitales para la compraventa del bien”, agregó la especialista.

“LO HAGO PORQUE TE QUIERO”

En perspectiva, Violeta recuerda que su esposo la manipulaba “a través del amor. Decía que lo hacía por cariño, porque quería un futuro para los hijos”. De ahí que la violencia económica y patrimonial pueda ser difícil de identificar dado que puede verse como algo común e incluso benéfico, sin pensar en las consecuencias que ello implica.

“Es complicado que lo entiendan sobre todo mujeres mayores, como la mamá o la abuelita. Nos dicen ‘Así es, m’hijita, aguántese’. Es delicado”, consideró María José Codesal, fundadora del blog de finanzas personales Lo que Gastamos las Mujeres.

A decir de las especialistas, hay varios indicadores que apuntan a una violencia económica o patrimonial.

Uno de éstos es la vigilancia extrema de cuánto gana y gasta la mujer y comenzar a acaparar o limitar el sueldo de ella. Además, puede haber un condicionamiento de gastos esenciales para el hogar, como el pago de la escuela o la manutención de los hijos, a cambio de cierto comportamiento, indicó María José Codesal.

De manera similar, se dan situaciones en las que la pareja sólo da una cuota semanal sin dejar trabajar a la mujer, que queda altamente limitada en el sentido del patrimonio o el gasto que puede ejercer, explicó la especialista de la UNAM.

Además, puede darse la situación de que la mujer es quien percibe los ingresos y su pareja en algún momento toma el dominio de ellos, o bien, asume el control de las decisiones clave sobre cómo o en qué gastar.

Para Violeta, estos indicadores no eran tan claros hasta que llegó alguien para ponerlos sobre la mesa.

“Una mujer argentina llamada Thelma fue a hablar de violencia económica y en el hogar. Mi casa es de hombres machistas, por lo que siempre pensé que sólo eran los golpes, pero ella nos habló de una violencia económica, patrimonial, psicológica, entonces empezó a decir que nos manipulaban a través del dinero para no dejarnos salir, que nos hablaban para hacernos sentir tontas, que no valíamos. ‘Te amo y por eso no te dejo ir, te voy a apoyar’, decían, pero te van alejando de las cosas que te gustan”, reflexionó Violeta.

EMPODERAMIENTO, LA CLAVE

Para Violeta pasaron ocho años de dejar que su pareja controlara su vida antes de que decidiera buscar cierta independencia financiera.

“Teníamos una casa que daba muchas frutas, entonces empecé a recolectarlas para venderlas porque llegaba mucha gente a querer comprar aguacates, guayabas, membrillos, chirimoyas, y en una época de encarecimiento me di cuenta de que podía sacar un ingreso para tener cosas para mis hijos. Entonces empecé a esconder mi dinero; trabajaba en la mañana y en la tarde me dedicaba con mis hijos a recolectar fruta, lo tomábamos de juego. Ahí mi vida empezó a tener otro tipo de economía”.

Sin embargo, este empoderamiento no siempre llega. “Hay mucha confusión. A mediano plazo hay un desgaste emocional, y en el largo plazo puede tener muchas implicaciones, como crisis emocionales con una fuerte depresión”, consideró María José Codesal.

Por su parte, Eufemia Basilio agregó que una situación de violencia de este tipo vulnera la confianza de las mujeres. “Se vive en un entorno de incertidumbre, en el que no se nos valora y donde se nos dice que no merecemos más; eso va vulnerando el autoestima y la toma de decisiones de la mujer, y puede ser un entorno previo a la violencia psicológica y física. Llega un momento en el que la víctima puede no permitirlo y se llega a gritos e incluso golpes”.

Desafortunadamente, éste fue el caso de Violeta, quien tuvo que huir de su casa cuando, al defenderse e intentar poner un alto a las agresiones, su marido respondió con un golpe en la cabeza.

“Hablé con Thelma por teléfono y me dijo que si me golpeaba una vez, lo iba a hacer de nuevo, que levantara un acta en el Ministerio Público. Cuando lo hice me dijeron que no había violencia porque era mi esposo, que los golpes eran normales y no había nada que perseguir porque era su derecho al ser mi marido”.

Para la investigadora de la UNAM, es difícil afrontar la situación si una mujer considera que después de divorciarse o de dejar su pareja no hay mucho que hacer o se va a enfrentar a la situación de no tener trabajo e ingresos, lo que se traduce en la decisión de continuar en el abuso. “Hay que darse cuenta de que es abuso y tratar de buscar el apoyo tanto legal, financiero del mismo Estado, que debería establecer políticas para aminorar estas prácticas”.

Actualmente, Violeta vive en Estados Unidos, donde una familia la apoyó y levantó el autoestima al hacerle ver sus virtudes. “Decían que yo sabía hacer muchas cosas, ahí me di cuenta de mis habilidades”.

Para ella, lo primordial es buscar a alguien para platicar de la situación que se está viviendo. “Hazte acompañar con gente que sepa del tema”. Sin embargo, lamentó la incredulidad de las autoridades.

“No saben el daño que nos causan al no creernos, porque nosotras vamos buscando ayuda y nos frustra, nos hace sentir mal que además de estar golpeadas, lastimadas, nos digan que no pasa nada”, comentó.

[email protected]