Muchas personas piensan, lamentablemente, que son inmunes ante las distintas situaciones de la vida. La típica frase: a mí no me va a pasar es una idea que a casi todos, a distintas edades, se nos ha asomado.

Sin embargo, las cosas pasan y todos los días nos enteramos de alguna tragedia. Cada día en México fallecen personas, padres o madres de familia, que no se ocuparon de dejar un testamento y mucho menos un seguro de vida. Eran jóvenes y veían la muerte como algo muy lejano.

Frecuentemente me encuentro chicos que recién ingresan al mercado laboral y ven su retiro como algo muy lejano, por lo que no piensan en él. Cuando les digo me contestan: ya me ocuparé luego . Lo triste es que muchísimos adultos que me contactan se arrepienten de no haber empezado antes. Se dan cuenta de que perdieron años preciosos y de que el esfuerzo que tienen que hacer ahora es mucho mayor que si hubieran empezado desde el inicio de su vida laboral.

Es muy triste que en México menos de 5% de los hogares están protegidos por un seguro, cuando para muchas personas su casa es su activo más importante. Es, muchas veces, lo único que tienen.

La estadística con pymes es similar y, por lo tanto, si algo les llegara a suceder, no sólo corren el riesgo de desaparecer sino que también perderían el sustento de la familia entera.

Pero todos ellos piensan de la misma manera: es muy difícil que me pase . Hace unos días en la oficina pregunté simplemente a la gente a mi alrededor, todos ellos menores a 30 años. Ninguno había hecho un testamento. Hubo un debate sobre los seguros de hogar: algunos ni siquiera sabían que lo tienen como parte de su crédito hipotecario.

Afortunadamente sí sabían en qué afore estaba su cuenta individual, pero muchos tampoco tenían claro cómo funciona el sistema de pensiones. Se quedaron con los pelos de punta.

Todo esto ilustra la falta de cultura de previsión, no sólo para aquellas cosas que podrían, o no, suceder (como una tragedia o desgracia) sino también para las que tarde o temprano vendrán (aunque no sepamos cuándo) como la muerte.

Lo curioso es que todos conocemos gente a la que le ha pasado. Personas a las que les robaron el coche y no lo tenían asegurado. Algún tío que falleció y su pareja no sabía ni dónde estaban los papeles de la casa (o si tenía un seguro de vida), mucho menos si había o no testamento.

Alguna vez me encontré una persona que perdió su trabajo y recién había contratado un crédito hipotecario, nunca se dio cuenta de que no incluía seguro de desempleo. Todos hemos visto en las noticias ese edificio en Londres que se incendió completito, a pesar de contar con la tecnología más reciente.

Entonces todos sabemos que las cosas pasan. Todos podemos calcular rápidamente el daño que esos eventos podrían causar a nuestro patrimonio (y a nuestra familia) o la cantidad que tendríamos que tener ahorrada para nuestro retiro. Es cuestión de sentarnos y decidirnos dar el paso.

Es cierto que protegernos tiene un costo. Hacer un testamento implica ir con un notario y pagar sus honorarios. Ahorrar para el retiro significa tener menos dinero para consumir (pero vale mucho la pena). Comprar un seguro, desde luego que implica pagar la prima. No obstante, el costo de no hacerlo, de no protegernos, puede ser muchísimo mayor.

Pero no debemos posponerlo ni dejarlo para después. Mucho menos seguir pensando que a mí no me va a pasar . Porque en realidad, en la vida, las cosas buenas o malas pasan cuando menos pensamos en ellas.

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