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T-MEC, la reconfiguración de Norteamérica
Estados Unidos busca con la revisión del acuerdo comercial fortalecer a la región frente a China y, al mismo tiempo, mantener más empleos industriales en su país.

Si estuviéramos aún en la Copa Mundial de Futbol, que organizaron en conjunto México, Estados Unidos y Canadá, diríamos que la revisión del T-MEC entró en tiempo de compensación.
El tiempo reglamentario se cumplió el 1º de julio, cuando Estados Unidos decidió no extender por 16 años más la vigencia del T-MEC. Esto no significa el principio del fin de la integración de Norteamérica, sino que el acuerdo entró en una etapa de reconfiguración que definirá qué produce cada país, cuánto valor aporta y qué beneficios obtiene de la relación regional.
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Al momento de redactar este editorial, concluyó la tercera ronda de negociación bilateral con Estados Unidos y quedó prevista una cuarta, en Washington, durante la primera quincena de septiembre. En el trayecto, Estados Unidos impuso aranceles adicionales de 50% al socio canadiense y uno nuevo de 10% a 60 países más, incluido México.
No hay todavía una definición, pero el partido continúa.
El sector automotriz ofrece la mejor evidencia de lo que está en juego. Durante décadas, México, Estados Unidos y Canadá construyeron una cadena productiva donde componentes y autopartes cruzan varias veces las fronteras antes de convertirse en un vehículo. Esa integración es difícil de desarticular sin elevar costos y perder competitividad.
Resulta paradójico que esta industria sea una de las más presionadas por los aranceles y las nuevas exigencias estadounidenses, como explicaron especialistas de BNP Paribas, Citi y Franklin Templeton.
La aparente contradicción se entiende mejor si observamos que Washington persigue dos objetivos simultáneos: fortalecer a Norteamérica frente a China y conseguir que una mayor proporción de la producción, el valor agregado y los empleos industriales permanezca en Estados Unidos. La intención parece ser modificar la distribución de los beneficios regionales.
El anuncio de Toyota de trasladar gradualmente la producción de Tacoma de Baja California a Texas muestra cómo las empresas ajustan sus cadenas ante nuevos incentivos. No significa una desbandada de México, pero tampoco debería minimizarse la señal.
La discusión va más allá de extender el tratado.
Para México, el verdadero desafío consiste en definir qué lugar quiere ocupar en esta nueva integración. No basta con conservar plantas ensambladoras o aprovechar menores costos laborales. La oportunidad, como señalaron especialistas de J.P. Morgan y de la OCDE, está en capturar mayor valor mediante infraestructura, energía suficiente, capital humano, tecnología, certidumbre jurídica y condiciones que permitan atraer inversiones de largo plazo.
La geopolítica juega a favor de esa oportunidad. Estados Unidos necesita cadenas más seguras y menos dependientes de China, y México conserva ventajas difíciles de replicar: proximidad, capacidad manufacturera y décadas de integración productiva.
El T-MEC persistirá porque esa interdependencia tiene fundamentos económicos y estratégicos. Pero el acuerdo que emerja de esta revisión probablemente no será exactamente el mismo.
La negociación definirá algo más importante que su vigencia: qué tipo de Norteamérica se está construyendo y qué lugar ocupará México en ella.

México ha ganado participación en comercio con EU de forma inversa a la perdida de China.


