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Suscriptores de El Economista viven la experiencia de “Ni una palabra”: viaje escénico hacia la sanación
Los miembros de El Economista vivieron una obra teatral sobre trauma, memoria y salud mental que, desde lo onírico, propone una experiencia inmersiva de reflexión y sanación emocional.

Experiencia: Meet & Greet Ni una palabra, Suscriptores Club El Economista. Foto: Rosario Servín / El Economista.
El Club de El Economista ofreció a sus suscriptores una experiencia teatral única con “Ni una palabra (o de cómo convertirme en mar)”, dirigida por Diego Collazo a partir del texto de Manya Loría, una propuesta escénica que convierte el escenario en un espacio para confrontar el trauma desde la memoria y el sueño.

Experiencia: Meet & Greet Ni una palabra, Suscriptores Club El Economista. Foto: Rosario Servín / El Economista.
La puesta en escena sigue a Ana, interpretada por Fabiola Rojo, quien transita un sueño en el que se encuentra con Betty (Aurora Gonzvel), una niña de 12 años que, pese a generar rechazo inicial, se convierte en su guía para explorar un pasado doloroso. A este universo se suma El Mar, encarnado por Esmeralda Velázquez, figura que narra y simboliza los procesos internos del cuerpo y la mente de Ana.

Experiencia: Meet & Greet Ni una palabra, Suscriptores Club El Economista. Foto: Rosario Servín / El Economista.
La narrativa construye un espacio onírico donde memoria y sueño se entrelazan. El cuerpo de la protagonista, “colmado de agua salada”, funciona como metáfora de un pasado que regresa de forma insistente, como las olas. En este tránsito, la obra aborda la vulnerabilidad emocional, los efectos del trauma y los mecanismos para enfrentarlo.

Experiencia: Meet & Greet Ni una palabra, Suscriptores Club El Economista. Foto: Rosario Servín / El Economista.
Collazo subrayó, en entrevista con El Economista, que los elementos técnicos no son meramente decorativos, sino parte activa de la dramaturgia.
El diseño sonoro y visual fue concebido a partir de una lectura detallada del texto, identificando qué escenas requerían mayor carga sensorial y cuáles debían mantenerse más contenidas para evitar la saturación. El resultado es una experiencia inmersiva que acompaña el viaje emocional de la protagonista.

Experiencia: Meet & Greet Ni una palabra, Suscriptores Club El Economista. Foto: Rosario Servín / El Economista.
Uno de los contrastes más relevantes es el que se establece entre Ana y Betty. Mientras la primera representa la confusión y el peso del trauma, la segunda introduce el juego y lo lúdico como vía de acceso a la memoria. “Quería ese contraste, que el proceso también tuviera algo de ligereza”, explicó el director.
Desde la construcción actoral, el reto fue tanto técnico como emocional. Fabiola Rojo señaló que su preparación incluyó investigar cómo los traumas impactan en el cerebro y el cuerpo, para después trasladarlo a su corporalidad y voz. Además, destacó la importancia de generar una conexión profunda entre las intérpretes, ya que cada una encarna distintas dimensiones del mismo personaje.

Experiencia: Meet & Greet Ni una palabra, Suscriptores Club El Economista. Foto: Rosario Servín / El Economista.
La metáfora del mar atraviesa toda la obra: un elemento que puede ser calmo o caótico, bello o abrumador. En palabras de Rojo, confrontar el trauma implica atravesar emociones complejas, pero también abre la posibilidad de liberación.
Previo a la función, suscriptores participaron en un Meet & Greet con el elenco y el director, donde compartieron impresiones sobre el proceso creativo. La recepción fue positiva. “Muy buena obra, excelentes actrices, realmente te adentran a la historia”, comentó Luis Villalpando, suscriptor de El Economista.

Experiencia: Meet & Greet Ni una palabra, Suscriptores Club El Economista. Foto: Rosario Servín / El Economista.
Por su parte, la también suscriptora, Débora Trejo, mencionó sobre la experiencia que: “Es increíble, me gustó muchísimo”.

Experiencia: Meet & Greet Ni una palabra, Suscriptores Club El Economista. Foto: Rosario Servín / El Economista.
La experiencia no solo se queda en el escenario. Los asistentes salieron con una sensación de reflexión, evidenciando que la propuesta logra su objetivo: confrontar al espectador con la memoria, el dolor y, eventualmente, la posibilidad de sanar.
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