En Suecia acaba de terminar un programa que redujo las jornadas laborales de un grupo de trabajadores de ocho a seis horas diarias. La ciudad de Gotemburgo no planea relanzar este experimento, en el cual 68 enfermeras del asilo de ancianos Svartedalen vieron reducidas sus horas de trabajo de 40 a 30 horas a la semana, lo que produjo beneficios en la salud y en la productividad de estas trabajadoras, según información de Bloomberg News.

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Durante los 23 meses que duró, la medida disminuyó el ausentismo laboral y mejoró el cuidado que las enfermeras dispensaban a los pacientes. El alto costo que supuso el programa para la ciudad llevó a las autoridades a concluir que la medida no era económicamente viable. Ante esta decisión, surgen diversas preguntas: ¿puede anteponerse la viabilidad económica de un programa público al bienestar de un trabajador? ¿Cuánto debemos trabajar para mantener un equilibrio entre el tiempo que le dedicamos al trabajo y el que pasamos en todas las demás actividades de la vida?

Según Edward Skidelsky, profesor de Filosofía en la Universidad de Exeter, el filósofo alemán Karl Marx, el escritor inglés Oscar Wilde y el economista británico John Maynard Keynes fueron algunos de los intelectuales que vislumbraron un futuro en el que las máquinas liberarían al ser humano de la carga del trabajo, para que éste pudiera dedicarse al ejercicio espontáneo de nuestros poderes creativos , explicó a la revista Pacific Standard.

De acuerdo con Álvaro Guzmán Bastida, en una conversación con la teórica feminista Kathi Weeks, Keynes predijo en 1930 que la generación de sus nietos sólo trabajaría 15 horas a la semana. Tres generaciones después, trabajamos más que nunca , refiere Guzmán.

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Mientras que para Skidelsky, el momento en el que los seres humanos dejemos de trabajar puede estar más cerca de lo que pensamos; para el filósofo francés Paul Lafargue, ocurrió hace más de un siglo: Una buena obrera hace con el huso sólo cinco mallas por minuto; algunos telares circulares hacen 30,000 en el mismo tiempo. Cada minuto de la máquina equivale entonces a 100 horas de trabajo de la obrera; o bien cada minuto de trabajo de la máquina da a la obrera 10 días de descanso , afirmó Lafarge en su libro El derecho a la pereza, publicado en 1883.

El trabajo tal y como lo conocemos es una actividad relativamente reciente. La Revolución Francesa de 1848 trajo consigo la instauración de la II República, la cual reconoció el derecho a trabajar, con una jornada laboral de entre 9 y 10 horas al día. Este trabajo, que en junio de 1848 los obreros reclamaban con las armas en la mano, lo impusieron a sus familias; entregaron a sus mujeres y a sus hijos a los barones de la industria , explica Lafarge.

También durante el siglo XIX, pero del otro lado del Atlántico, el filósofo y poeta Henry David Thoreau argumentó más o menos lo mismo que Lafarge respecto del trabajo: Si un hombre pasea por el bosque por placer todos los días, corre el riesgo de que lo tomen por un haragán, pero si dedica el día entero a especular talando árboles y dejando la tierra árida antes de tiempo, se le estima por ser un ciudadano trabajador y emprendedor .

Después de la Segunda Guerra Mundial, en una época que los franceses conocen como Les Trente Glorieuses, la regulación del trabajo avanzó a pasos agigantados. Fue a lo largo de las décadas que van de 1950 a 1980 que, gracias a leyes nacionales o acuerdos entre los sindicatos y las compañías, los trabajadores pudieron acceder a beneficios que incidieron directamente en su bienestar, como el establecimiento de la jornada laboral de 8 horas; la retribución por horas extras de trabajo; así como el derecho a vacaciones y a seguridad social.

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No obstante, la mayoría de estos beneficios comenzaron a desaparecer en los años 80. De acuerdo con Janine Berg, economista senior de la Organización Mundial del Trabajo, la desregulación de los mercados financieros llevó a los gobiernos a desregular en gran medida los mercados laborales. La opinión predominante era que las protecciones laborales del pasado no eran adecuadas para la globalización, ya que impedían el movimiento de los trabajadores y obstaculizaban la competitividad. Los salarios mínimos se mantuvieron en muchos países, incluido México, donde en el 2014 el valor real del salario era casi 30% inferior a su valor en 1994 y un tercio del nivel alcanzado en 1980 , explica Berg en un artículo para Pacific Standard.

Entonces, ¿por qué las personas siguen trabajando a pesar de estas condiciones?

Según Kathi Weeks, existe una tendencia a aceptar la idea de que el trabajo es una especie de esfuerzo humano sagrado . La idea de que las personas ahora hacen lo que aman también ha contribuido a la creencia de que el trabajo es una actividad superior a todas las demás actividades humanas. ¿Cuántas veces no hemos escuchado la frase ‘El trabajo dignifica’?

El sistema económico está funcionando muy bien como modo de producir capital pero no como manera de distribuir la renta. Todavía es útil para disciplinar a la gente y para cargar de responsabilidades a aquellos que están excluidos del trabajo, a los que culpa de falta de esfuerzo o de iniciativa , explica Weeks, para quien es indispensable que modifiquemos el lugar que ocupa el trabajo en nuestras vidas y en el imaginario colectivo.

Para Miya Tokumitsu, profesora en Historia del Arte de la Universidad de Melbourne en Australia, la idea de que si uno ama su trabajo, entonces no hay nada desagradable en él ni cuesta trabajo hacerlo es rotundamente falsa. El propósito de esta creencia que ha tenido una difusión sin precedentes es hacer que los trabajadores acepten su propia explotación y precariedad. La clave del ‘trabaja en aquello que amas’, es el énfasis en el tú. Si el trabajo produce frustración o dificultad, es tu culpa, y no se debe a las leyes laborales o al mercado de trabajo injusto. Al convertir cada frustración en un problema personal, la respuesta es la autosuperación en lugar de la acción colectiva o política , explica Tokumitsu en una entrevista para CTXT.

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Por supuesto, siguiendo a Weeks, el rechazo al trabajo no puede ser entendido como un mandato para las personas que piensan que producirían más y con un mejor estado de salud si trabajaran menos horas. La mayoría de nosotros no podemos darnos el lujo de repudiar el trabajo. Consiste en reconocer que rechazamos trabajar todos los días con pequeños gestos, como llegar tarde al trabajo, pretender que estamos enfermos, o tener mala actitud, pero también como un proyecto político que dice ‘no’ a este sistema de trabajo , explica Weeks.

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