Londres. Aquel 25 de julio, en Moscú, la duda se cernía entre la familia olímpica. Eran las 12:05 del día cuando Juan Antonio Samaranch nombraba a su sucesor, un exatleta y cirujano ortopédico de 59 años, Jacques Rogge, quien se erguía como el octavo presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) y en el segundo belga en ocupar tal puesto.

¿Sería capaz de superar el mito que había construido Samaranch durante sus 21 años de gestión? Aquel día, ni Rogge ni nadie en la Sala de Columnas del World Trade Center de la capital rusa lo sabía, sólo deseaban que con el belga llegara también una imagen más pulcra para el organismo.

Habían sido años difíciles para el órgano rector del deporte mundial. Existía una urgente necesidad de borrar los escándalos que habían surgido en la turbia elección de la sede de los Juegos Olímpicos del 2002, en el que se habló de sobornos a los miembros del COI para obtener votos.

Recaían entonces en Jaques, un hombre tranquilo, culto y con experiencia en la presidencia del Comité Olímpico Europeo, las esperanzas de regresarle transparencia al movimiento olímpico. Y si no fue así, al menos parece haber sido la decisión correcta.

Irónicamente, a principios de este 2012 uno de sus contendientes por el puesto en aquella ocasión, el húngaro Pál Schmitt, fue acusado de plagio y tuvo que renunciar al Comité Olímpico de su país.

Jacques Rogge era el elegido y habría de convertirse más adelante en el símbolo del olimpismo actual. Desde su llegada a la Presidencia, el belga intentó cambiar algunas cosas. Desde las más sencillas, como su hasta ahora religiosa costumbre de hospedarse en la Villa Olímpica junto a los atletas, hasta las más complejas, como la eliminación del beisbol y softbol del programa olímpico.

Pero su mandato, que concluirá a mediados del 2013, ha sido fundamental para el crecimiento del olimpismo. Rogge aprobó reformas para evitar casos de corrupción como los que hasta entonces se habían dado, del mismo modo que aprobó que el rugby y el golf estuvieran dentro del programa olímpico de los Juegos de Rio de Janeiro 2016.

Sin embargo, más importante quizá será el trabajo que realizó junto con la Agencia Mundial Antidopaje en la lucha por tener a un olimpismo libre de doping, incrementando los esfuerzos por eliminar las sustancias prohibidas en los Juegos, especialmente después del vergonzoso caso de la velocista estadounidense Marion Jones, cinco veces medallista en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 y quien en el 2007, tras aceptar su culpa, perdió sus títulos, su libertad y su prestigio.

En la parte deportiva, el dirigente puso especial interés en acercar a la juventud al deporte y creó los Juegos Olímpicos de la Juventud, cuya primera edición se llevó a cabo en el 2010, en Singapur, además de añadir al programa olímpico de los Juegos de Invierno deportes como el snowboarding, que tuvo su debut en Turin 2006, y lograr que el boxeo femenil haga su debut aquí en Londres.

Igual de importante fue su legado financiero. Apenas hace un par de días, durante la sesión 124 del COI en la capital británica, el organismo anunció que cuenta con unas reservas de 588 millones de dólares y aumento en los ingresos por derechos de transmisión y patrocinios.

De acuerdo con los reportes financieros del Comité Olímpico Internacional, cuando Samaranch tomó las riendas del COI, en 1980, el organismo contaba con reservas de 500,000 dólares. Para 2001, cuando el español terminó su mandato, las arcas del COI reportaron ganancias por 350 millones de dólares.

Pese a que el directivo ha declarado: No decidí dirigir (el COI) para dejar mi herencia y que los historiadores puedan hablar y escribir de ella dentro de 20 años , sin duda, Rogge impuso una imagen de seriedad y profesionalismo en el cargo, que lo convirtieron en el símbolo actual del olimpismo y que significará un duro reto para aquél, que como alguna vez lo soñó Jacques, dirija el deporte olímpico a nivel internacional.

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