Un día después de la fatídica eliminación de nuestro tricolor, viví un contraste bastante notorio: me tocó cubrir el partido de la Selección de Brasil en un restaurante... sí, brasileño. Lunes, mediodía. Perfecta excusa para invitar a mi mamá a comer.

Al igual que en muchos otros lados, el restaurante tenía decorado temático: los meseros y hasta los del valet traían camisetas patito de distintas selecciones. El tipo que se llevó mi coche portaba la camiseta de Argentina. Por hoy, su trabajo se convirtió en deporte extremo.

Ya adentro, el ambiente lucía tranquilo. Había oficinistas a granel -más bien todos eran oficinistas, aunque no muchos-. Frente al televisor, eso sí, había un señor que sospecho era brasileño. Enfundado en la bandera verde-amarilla, con sombrero de pescador en mismo color, shorts azules y camiseta del scratch, él fue el único que celebró los tres goles.

Mientras tanto, yo me indigesté: ese sistema de espadas donde te siguen trayendo y trayendo comida no ayuda al mexicano, que no sabe que decir no.

Ya en el Pepto-Bismol, que fungió como postre, mi madre y yo discutimos el partido y el Mundial. Ella, no muy aficionada al fut, dice que todo parece regresar a la normalidad: la mayor parte de las selecciones en cuartos son grandes . Yo aporté una cosa a la plática. Como Chile, México fue eliminado contundentemente por Brasil. La Volpe comentó en los días pasados que Argentina ya tenía dos copas, y sería bonito ver un ganador nuevo. Hoy, el pentacampeón dio un paso para convertirse en hexa. ¿Qué se sentirá que tu Selección esté cerca de ganar una vez más? , le pregunté a mi mamá, ¿O tan siquiera por primera vez? . Ella sólo me abrazó.