Cancún, Qro. Y el festejo no llegó. No importó que anoche Atlante festejara 96 años de historia, al final el resultado fue el mismo de toda la temporada, de los últimos siete meses, 11 partidos jugando en casa, si así se le puede llamar, porque el Andrés Quintana Roo parece incomodar sólo a sus propios inquilinos. Tras caer 2-1 ante Pumas, los Potros se fueron a cumplir con el protocolo con una fiesta en la que hubo caras largas, las mismas de toda la campaña.

Apenas llegó el silbatazo final Mario García, entrenador de los cumpleañeros, se llevó las manos a la cabeza, con el semblante descompuesto, mientras buscaba explicaciones de camino al vestuario. Y la reacción del estratega era más que lógica, porque su equipo anoche hizo dos goles y terminó siendo derrotado por un mermado cuadro de la UNAM.

Lo que nadie pudo discutir en Cancún es que los Potros le hicieron honor a esa historia de 96 años. Sí, con el mismo sufrimiento de siempre, remando contra corriente ante situaciones inexplicables, de esas que solo le suceden a los azulgrana.

Apenas a los ocho minutos Atlante ya caía a pesar de que Pumas ni siquiera había disparado a gol. Ricardo Jiménez fue presa de los nervios ante el acoso de un delantero y punteó la pelota, misma que techó a su guardameta que sólo pudo ver cómo su compañero lo ponía contra las cuerdas.

Lo único que pudo festejar el cuadro de Cancún vino dos minutos después, cuando Osvaldo Martínez habilitó a Juan Ezequiel Cuevas, argentino que con disparo cruzado venció al guardameta para inmediatamente buscar a José Daniel Guerrero, capitán del club que hace una semana perdió a su esposa y fue abrazado por todos sus compañeros.

De ahí en adelante todo fue ilusión, aproximaciones, siendo la más clara la de Juan Ezequiel Cuevas al 70, minuto en el que se quiso adornar cuando estaba solo ante el portero, a quien le terminó regalando la pelota.

Pero dos minutos más tarde, a los seguidores de los Potros la esperanza se les desvaneció tras una faena de Martín Bravo en zona defensiva de los locales. El argentino realizó tres recortes, cedió la pelota para De Buen, canterano que la extendió para Carlos Orrantia, hombre que dentro del área chica no perdonó.

Apenas chocó la pelota con las redes se acabó todo para Mario García y sus muchachos, que no supieron reaccionar, y que vieron venir el mismo casette de los últimos siete meses: salir sin saber lo que es ganar en su propia casa.

Todo era cuestión de tiempo y con el silbatazo final vinieron las caras largas, las miradas hacia el césped, las ganas de que el campeonato, que se ha convertido en una pesadilla, termine para finalmente dirigirse a su fiesta de aniversario 96, evento en el que hubo poco o nada qué festejar.