Obviamente, no puedo decir en qué juzgado ocurre la historia ni quiénes la protagonizan. Estoy aquí en acuerdo de estricta confidencialidad: no quiero que echen a nadie por andar ventilando las prácticas futboleras del Poder Judicial.

Mi amiga tiene su propia oficina en un edificio de los juzgados federales. A ella le importa poco o nada el futbol. Durante el partido, ella decide no ir a trabajar, sabe que no pasará nada en esas dos horas. Cierra su oficina el día anterior y confía en que todo seguirá igual a las 11, cuando termine todo el zafarrancho nacional. Sube al piso ocho después del silbatazo. Un ligero olor a carnitas ronda el lugar. Conforme se acerca a su puerta, el olor impregna ya la ropa. Gira la perilla. El olor viene de adentro, pero no encuentra la fuente.

Su escritorio está acomodado en contra de la pared. Encima hay un televisor de 21 pulgadas, con pura estática. Al estilo de los tres ositos, dice en voz alta:

Alguien estuvo aquí y vio el partido . Voltea hacia el archivero: encima, envuelto en papel aluminio, un plato entero de chicharrón, con dos vasos salsita. Afuera todos trabajan o hacen lo que pueden después del amargo trago de las 9. Busca culpables.

El ambiente no es el óptimo. Menos ganas les dan de admitir su infracción a los secretarios del tribunal, cuando un partido que en papel pintaba para un triunfo de México terminó en una nueva derrota.

Entre el olor a barbacoa, se nota un ligero toque de loción que sólo usa el Magistrado.

Todo en silencio. Nadie se atreve a alzar la mano: el piso entero fue partícipe en el delito. Unidos todos en la ilegalidad.