En un Mundial donde nada ha salido como debe he escuchado los rankings de dos quinielas cercanas: una la va ganando un niño de ocho años, la otra una señora que preguntó el jueves pasado que cuándo entraba Zidane a la cancha , es bueno saber que algunas cosas nunca cambian. Me encuentro sentado en una de esas cafeterías de cadena, esperando unos tecolotes. Siempre saben igual.

También resulta que es Día del Padre. En la mesa cercana se congrega una familia con el patriarca en pants. Es su día, y se nota que eligió ser celebrado en un lugar con vista directa al televisor. Juega Brasil, el patriarca del Mundial. Pero en shorts.

Unas horas antes, la mesa estaba ocupada por cuatro jóvenes de mi edad. Uno traía la camiseta de Italia, era un gladiador con lonjas. Los cuatro portaban lentes oscuros, y se habían dado cita para crudear, también frente al televisor. Se fueron al medio tiempo. El mal juego de la azzurra los orilló al Advil y la cobija: pases y tiros monótonos, ninguna distracción del punzante dolor de cabeza. Como decía alguien: hasta el poco esfuerzo italiano es sorprendente. Si es posible, juegan con menos motivación que en mundiales pasados. Eso no quita que probablemente llegarán lejos. También andan crudos.

Entre partido y partido el televisor cambia al funeral de Monsiváis. El que opera el control remoto piensa que es buen fondo para una comida familiar. En Francia los periódicos hablan de la muerte de la selección francesa. A la par del deceso de un referente nacional, también fallece otro a nivel internacional: les bleus. Al igual que con Monsi, el problema vino de adentro.

¿Quién dijo que el futbol no refleja la condición humana?