Cuando era niño, cuatro años eran una eternidad. Ahora, en gran parte por el exceso de información y lo inmediato de la sociedad posmoderna en la que habitamos, es todavía peor. Todo ocurre en tiempo real, por decirlo de alguna manera. Estadísticas, lesiones, goles, análisis, cada uno al alcance del dedo.

Pero, a pesar de la maldad del tiempo, que se maneja a sí mismo como se le da la gana -pensemos en la frase de Don Fernando Marcos, el último minuto también tiene sesenta segundos , calamidad para el que va ganando y para el que va perdiendo-, es imperativo que el mundial se realice cada cuatro años. Para gente como yo, sirve para re-evaluar mis parámetros de vida. Algo así como el plan quinquenal de Stalin, pero sin tanta producción de cebada.

Yo nací, convenientemente, en año de mundial. Un mes y un día después de la gran final -le echo la culpa al temblor del ’85 por haber nacido tan tarde-. Jamás pude ver el famoso anuncio de Hugo Sánchez en el que mete el penal, y que fue borrado subrepticiamente de la televisión después de ese gran fallo contra Paraguay (antes de que yo naciera, en México ya fallábamos desde los once pasos). Los dos goles de Maradona contra Inglaterra son un recuerdo de ESPN.

Para Italia ya estaba yo consciente. Eso no quería decir que me gustara el fútbol. En teoría debería tener recuerdos, pero como me pegué un trancazo en la cabeza unos años más tarde, mi participación en la Copa de 1990 es sólo por anécdotas de mis papás: me paré frente al flamante televisor que le acababa de regalar mi ma a mi pa -de ¡21! pulgadas, una monstruosidad en el momento-, tomé el control y le cambié a las canicaturas .

De 1994 me viene a la mente sólo el partido contra Bulgaria. Ya le iba yo a los Pumas, y ya había llorado por primera vez -cuando nos eliminó el Cruz Azul-. Pero la selección seguía siendo algo abstracto. Cuando Marcelino cerró los ojos, se encomendó a la Virgen y falló, no entendí por qué lloraba mi mamá. Seguro habría más mundiales y penales por fallar. Resultó que se había muerto una tía. En mis recuerdos siempre se juntaron ambos eventos.

En el ’98 yo era un niño de primaria clasemediera, de esas con un auditorio y una pantalla. Recuerdo que nos sacaron de clase de español y nos sentaron a todos a ver el partido contra Alemania. No se escuchaba nada. Nadie veía el partido. Era una excusa para echar relajo. Sólo en retrospectiva puedo sufrir a gusto: el fallo del Matador Hernández es mucho más importante en mi vida ahora que en ese entonces.

Corea/Japón lo vi entre sueños. Un mundial que ocurre a las tres de la mañana no vale la pena.

Y el último lo escuché en el radio. Iba en un roadtrip de esos que se supone te cambian la vida. Llegué al hostal justo a tiempo para los extras. Al ver el gol de Maxi, entendí el significado de la palabra justicia . Con un tanto así, hubiera sido injusto que México llegara a cuartos.

Finalmente, para 2010, me encuentro escribiendo mis recuerdos para un periódico. En unas horas juega México el partido inaugural. Lo único que puedo pensar es... no lo sé, no puedo pensar. Sólo tengo cerrados los ojos como Marcelino.