Nunca es tan dramático como en las series de televisión. Nunca entran dos doctores trepados en la camilla: uno dando respiración de boca a boca al accidentado y el otro con las famosas paletas para reiniciarle el corazón. Y ni los doctores ni las enfermeras son modelos de ropa interior que pueden hacer neurocirugía con los ojos vendados.

Tampoco es como que me pueda meter al cuarto de un desconocido desahuciado y discutir los pormenores de la actuación del Chile contra España.

Así que opto por lo sensato y me siento a ver el partido en la sala de espera de Urgencias. Estoy en el Hospital Español, en Polanco. De español ya sólo nombre. A diferencia de la Cibeles en la Condesa/Roma, o las tabernas del centro, aquí no vemos a nadie disfrazado de baturro, a falsos catalanes o gritos de ¡Aupa, ‘Guaje’! . Simplemente transcurre el encuentro en la tranquilidad de un lugar que en papel es todo menos eso.

Claro, hasta que a los treinta minutos llega el guardia de seguridad y me explica que si no estoy esperando a nadie, lo prudente sería que viera el partido en otro lado.

Así que me salgo al puestito de la esquina, donde hay más gente –cinco, tal vez diez personas- que en el hospital. También una tele, pero de mínimas pulgadas y en blanco y negro. Curiosamente, aquí sí impera un sentido de urgencia. Caen los goles de España, el segundo con una decisión polémica de otro de los mexicanos en el Mundial, Chiquidrácula Rodríguez. El tendero no se sorprende: al contrario, regaña a los chilenos. Beausejour p******o, exclama, refiriéndose al jugador americanista. Les debió haber dicho cómo arbitraba ese p****e loco .