Yo no estaba preparado para cubrir el duelo entre España y Honduras. No me tocaba. Pero ni modo. Tenía que ser en una peluquería. Me llega la llamada 15 minutos antes. Salgo de mi otro trabajo, prendo la radio y me atoro en Periférico. Hago lo posible por ver la reacción de los automovilistas ante lo que suena como un despliegue de fútbol mágico de los españoles, o al menos eso dicen los narradores.

Me bajo corriendo al medio tiempo con mi peluquero de confianza. Ni me toca corte de pelo hoy. Pero ni modo. Diego me explica que hoy no hay tele en la estética, porque hoy no juega México. Me da gusto, quiere decir que mi peluquero pambolero no me va a cortar la oreja minutos después, cuando David Villa inexplicablemente falle el penal.

De cualquier forma, le pido que encienda la radio. Seremos a lo mucho cuatro o cinco clientes. Trato de sonsacarle plática a las señoras que se están pintando las uñas. Nada. A la que se hace rayitos. Menos. Para ellas no hay nada de atractivo: los pedazos de carne que patean el balón son simples neandertales, no les cruza por la cabeza que puedan verse bien porque no hay imagen.

Diego y yo charlamos mientras me rasura las patillas. Le cuento lo que estoy haciendo. Te vas a acordar de este día , me dice. Así como los juegos del Tri en las copas, que todos recordamos exactamente el lugar donde los vimos. También de los grandes momentos mundialistas (la celebración del bebé de Bebeto, por ejemplo). Yo siempre tendré el recuerdo de un día tan mundano como el de hoy: fue por honor al fútbol, deporte que bien vale un corte de pelo.