Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia , dijo Scott Fitzgerald. Pero sus tiempos, sus novelas y el ideario de su imaginación fabricaron héroes y tragedias que eran otra cosa. Poco que ver con nuestros héroes: siempre cabalgando para acabar con la injusticia, dominar a la naturaleza, luchar por sus ideales civiles y morales, morir de tristeza pura, dar la vida por la patria.

Basta un instante para hacer un héroe. Y cientos de páginas, párrafos y frases nos han enseñado cómo y nos han destruido casi el alma contándonos desventuras. Pero de la tragedia sólo conmueve lo verosímil. La verdad. La realidad que se mira en la ventana. Nada que ver con el héroe de El gran Gatsby, nada con la malaventura de los amores ridículos o la riqueza que al final pone a todo mundo triste.

Nuestra historia y nuestros héroes -de piedra o de papel- están hechos de un material más áspero. En México no hay tragedia, escribió Carlos Fuentes, todo se vuelve afrenta.

En febrero de 1913, por ejemplo, cuando inició la Decena Trágica, Scott Fitzgerald iba a cumplir 17 años y todavía no se convertía en el máximo intérprete literario de la llamada era del jazz .

Nosotros, tan lejos de Dios y tan ignorantes de la existencia de Minnesota, estábamos a punto de sufrir uno de los episodios que más hieren la imaginación mexicana -como se afirma en la revista Nexos de este mes- aquel febrero de Caín y de metralla , como calificó Alfonso Reyes a esos 10 días de sangre y muerte.

Todo comenzó el 9 de febrero, cuando los alumnos de la Escuela Militar de Aspirantes, de Tlalpan se sublevaron contra el gobierno de Madero y fueron hacia Palacio Nacional. Más pronto que tarde toda la claridad desaparecería. Los generales Félix Díaz y Manuel Mondragón tomaron la Ciudadela. Era domingo.

José Juan Tablada, el poeta de la fría y roja carcajada de sandía, durante los sucesos de la Decena Trágica vivía en el pueblo de Coyoacán. Cómodo con sus jardines, su pluma y la abundancia que de don Porfirio todavía se respiraba, no le interesaba y todavía no había pensado en una posición hacia la revolución o la necesidad de un cambio. En aquel infausto 9 de febrero, sólo acertó –para nuestra muy metiche fortuna- a escribir una crónica detallada en su diario:

9 de febrero - Don F.A. me telefonea de México que la guarnición se ha sublevado al grito de ‘¡Vivan Félix Díaz y Bernardo Reyes!’, que se oye el tiroteo en los barrios y que el Presidente está en Chapultepec, en calidad de preso, por los alumnos del Colegio Militar. [...] que por las calles corren caballos sin jinete y que el tiroteo continúa. Coyoacán sigue sin comunicación de tranvías con la capital. 10.50 AM - Pretendo volver a hablar por teléfono y me contestan de la Central que están rompiendo las líneas y que ya no hay en servicio más que una sola... 11.30 AM - J.M.A. me habla por teléfono. Dice que están tirando con metralla sobre la ciudad desde la Ciudadela, donde hay probablemente tropas leales al gobierno. 12.10 AM - El mozo que vuelve de la tienda, donde lo mandé para que comprara una pequeña despensa, en previsión de probables escaseces, refiere que alguien, acabado de llegar de México, dice que es imposible ir allá, pues llueven los proyectiles y la ciudad está llena de cadáveres… .

La penúltima anotación del diario del poeta ese día se refiere a un telefonazo que le comunica que Manuel Mondragón ha exigido la rendición al Presidente Madero, que está encerrado en Palacio, y que le han dado de plazo hasta las 6 de la tarde. Las redacciones de los periódicos El Imparcial, El País, La Tribuna y El Heraldo han sido incendiadas por una turbamulta. En una página puede leerse: ¡Un cañonazo! ... ¡Otro cañonazo! .

Tablada se fue a dormir aquella noche después de asegurar las puertas exteriores de su casa. La luz eléctrica se había ido. Todo lo inundaba sólo un temor ingrato. En la madrugada, ya era el siguiente día 10, Tablada hizo otro apunte: En ese estado de alma, abro una ventana y me sorprende el aspecto augusto y solemne de una clara noche estrellada y tranquila, en cuya silenciosa calma no discierno más que el ladrar, un tanto exasperado, de los perros en la lejanía. Por fin me acuesto… .

Faltarían casi ocho jornadas para que volviera el día pero nunca se levantaría igual que siempre. El mundo seguiría su curso y el país se volvería otra cosa. Scott Fitzgerald escribiría otras dos novelas. Más héroes llegarían y se quedaría el temor de volver a sufrir una tragedia como ésa. Han pasado 100 años. Y no podemos decir que todo fuera como eso.