Jorge Ibargüengoitia nació en Guanajuato, el 22 de enero de 1928, es decir que antier hubiera cumplido 85 años.

Seguramente si el avión estrellado no le hubiera quitado la vida en 1983 –justo cuando estaba en la flor de la edad como diría Vargas Llosa- habríamos asistido a algún homenaje oficial. Tal vez un reconocimiento solemne –de los que él detestaba- en el Palacio de Bellas Artes. Con invitaciones previas, muchos amigos -y enemigos- componiendo discursos sobre su obra y describiéndolo en múltiples oficios: Escritor, periodista, dramaturgo, cronista de la vida diaria . Poeta no (aunque nadie sabe. Tal vez, con los años, su pluma hubiera adquirido cierto lirismo o quizá descubierto que ya no podía decir verdades con risa e ironía). Con algunos fanáticos de siempre. Nuevos admiradores que acabaran de descubrir sus textos y, para darle brillo y pulimento, también con los iconos de la cultura mexicana clásicos y de siempre (Elenita Poniatowska, por supuesto).

Quizá no nos hubiéramos enterado de la fiesta. O nada más, atestiguado la creación de reconocimientos literarios en su honor (El Premio Cuévano para Dramaturgia de Provincia; el Galardón Ontananza y Periñón para novela histórica; el Reconocimiento Ibargüengoitia La Mujer Que No para Narrativa de Género, y el Certamen Autopsias Rápidas para Cuento Corto y Fulminante).

En los discursos del acto oficial, si antier hubieran sido, tendrían alguna frase del tipo: Dentro del panorama de la literatura mexicana, Ibargüengoitia se distingue por su alto sentido crítico y su notable sentido del humor. Tanto sus novelas como sus obras de teatro y artículos periodísticos, realizados en toda una vida de trabajo, son imprescindibles para conocer la literatura mexicana del siglo XX y por su mirada distinta hacia la historia de México .

Después, aplausos. Todos de pie. Más aplausos.

Ibargüengoitia pudo haber cerrado su aniversario de 85 años con un discurso que dijera lo que una vez escribió:

Crecí entre mujeres que me adoraban. Querían que fuera ingeniero: ellas habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. En ese camino estaba cuando un día, a los veintiún años, faltándome dos para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron quince años lamentando esta decisión ‘lo que nosotros hubiéramos querido’, decían, ‘es que fueras ingeniero’, más tarde se acostumbraron .

Nosotros también, hubiéramos pensado. Nos acostumbramos a su pluma cuando era cotidiana. Supimos que llegó a las letras por la puerta algo ingrata del teatro, que tuvo contacto accidental con Salvador Novo y que la obra Rosalba y los llaveros, de Emilio Carballido, tuvo la culpa de que se inscribiera en la Facultad de Filosofía y Letras. Que la suerte estaba echada cuando tomó la clase de Teoría y Composición Dramática, que impartía Rodolfo Usigli y que las actitudes de su maestro y amigo fueron todo para él. El principio y el fin. Su maestro y amigo lo marcó para siempre al hacerle una pequeña alabanza sobre su primera obra Cacahuates japoneses o Llegó Margo; y que todo terminó también por su culpa.

Cuando en una entrevista que concedió Usigli a Elena Poniatowska en 1961 citó a sus alumnos favoritos sin mencionarlo (Elenita le pregunta: ¿Y los autores mexicanos, maestro? . Y él contesta: Me sigue pareciendo Luisa Josefina Hernández la más seriamente entregada. Hay otro muchacho, Raúl Moncada, en provincia, que trabaja con un Cuauhtémoc. De los demás no puedo hablar porque no los conozco ). De tres tiros que le dio, sólo ése bastó para su muerte (como dramaturgo).

Sabemos también que su última obra fue El atentado, que con ella cerró las puertas del teatro y abrió las de la novela. Que aquella primera novela fue Los relámpagos de agosto, ganadora del premio de novela Casa de las Américas, traducida a siete idiomas y que todavía en la actualidad, 50 años después, se lee y se vende.

Sabemos todo lo que vino después: Dos crímenes, Los pasos de López, Estas ruinas que ves… Y también de la reunión antológica que hizo Guillermo Sheridan de sus textos periodísticos y que, todo fuera como eso, casi nos consoló.

Pero nada nos alivia. Porque no sabemos, ni lo sabremos nunca, cómo hubiera sido la fiesta el día de antier.

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